UNA VIDA CEGADA, UNA ESPERANZA MUERTA, CON ACUERDO INCUMPLIDO

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Han asesinado a Jorge Iván Ramos, ex-guerrillero de las FARC firmante del Acuerdo de Paz, cuyo seudónimo
en la insurgencia fue Mario Morales.

En las estadísticas de ex-combatientes asesinados es el número 240.

Pero para que este nuevo hecho de traición a la confianza depositada por los firmantes de la paz no quede como una cifra escueta y fría, compartiré con ustedes esta semblanza del ser humano que nos acaban de arrebatar, manos y cerebros enemigos de la Paz de Colombia.

Fuimos más que amigos, como hermanos; camaradas en toda la extensión de la palabra.

Por eso hoy escribo estas líneas con una mezcla de pasión, rabia y tristeza. Han arrebatado la vida a un firmante del Acuerdo de Paz de La Habana que creyó realmente en la superación del conflicto social y armado de Colombia por la vía
de la negociación; que le entregó sus mejores esfuerzos al impulso del programa de sustitución de cultivos de
uso ilícito, del que en representación del partido FARC fue su coordinador nacional, convencido que su éxito significaba un avance para la concreción de la paz en los territorios más excluidos y estigmatizados de la geografía patria; un padre ilusionado con la maravillosa idea de ver crecer su descendencia en el postacuerdo; un hermano cuidador de su familia y protector de sus amigos y camaradas.
Un revolucionario a carta cabal.

Con esta vida cegada, nuevamente marchitan la esperanza de paz de quienes seguimos apostándole a lo pactado en la mesa de negociaciones de la Habana; acuerdo que compromete al Estado firmante en todos sus componentes, especialmente en lo referido a la seguridad jurídica y física de los ex-guerrilleros.

Mario fue militante de la juventud y del partido comunista en Urabá y al igual que muchos otros militantes, por causa de la represión y el genocidio contra la Unión Patriótica buscó refugio en la insurgencia. De Urabá se trasladó primero al departamento del Magdalena y gracias a sus condiciones de cuadro político se ganó el reconocimiento de los obreros bananeros en Ciénaga, Aracataca y Fundación.

Cuando vió que su espacio político se agotaba y su vida peligraba pidió ingreso en el frente 19 “José Prudencio Padilla” del Bloque caribe de las FARC-EP, en el año 1997. A finales de 2001 fue delegado a la Escuela Nacional de Cuadros “Isaías
Pardo”, realizada bajo la supervisión directa del Comandante Jorge Briceño, durante los diálogos del Caguán.

Allí nos vimos por primera vez y fue por su influencia de él que definí mi ingreso a las FARC en el frente 59 “Resistencia Guajira” de cuyo estado mayor, Mario hacía parte.

Fuí testigo del amplio trabajo de masas que lideraba en el departamento de La Guajira, desde la cartera de organización del 59 frente.

Se reunía todo el tiempo con organizaciones campesinas, indígenas, estudiantiles, culturales y sindicales del departamento y la región, y a todos dedicaba su mejor tiempo y esfuerzo y por todos era recompensado con cariño y admiración.

Su trashumancia por la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá culminó en 2011, cuando en
cumplimiento de las conclusiones del pleno de estado mayor del Bloque Martin Caballero, fue trasladado al
sur de Bolívar, a continuar los planes del frete 37 que habían sido truncados tras el bombardeo que acabó con
la vida de los comandantes Ciro y Canaguaro.

Cuentan los que lo acompañaron en aquellos días difíciles, Leonel y Gustavo entre otros, que Mario se adaptó rápidamente al terreno y a la idiosincrasia de los habitantes de aquellos poblados abandonados por el Estado, logrando sobrevivir a varios operativos del
ejército, ayudado siempre por la población.

Nos volvimos a ver en los llanos del Yarí, durante la X Conferencia Nacional Guerrillera, donde tuvimos la oportunidad de intercambiar opiniones acerca de las potencialidades políticas del Acuerdo de Paz, así como de los riesgos del post-acuerdo.

Concluida la Conferencia, retornamos
juntos a nuestras áreas, en una aeronave que nos condujo desde La Macarena Meta, a él y su delegación al Magdalena Medio y a nosotros al Caribe.

Siempre pensé que la única manera de asesinar a Mario era a traición, porque era valiente y desconfiado; y por lo que ha logrado trascender, alguien le tendió una trampa mortal.

La última vez que nos vimos, fue a
comienzos de este año en Pondores, La Guajira, y en esa ocasión no perdió la oportunidad de recomendarme
con sus “ademanes de hermano mayor”, que elevara las medidas de seguridad.

Agradecí su preocupación y
le retorné el significativo gesto con una recomendación semejante para él.

En esa ocasión nos dijo a Silfredo y a mí que lo incluyéramos en el proyecto colectivo de vivienda “ciudadelas de Paz”, que adelantan los reincorporados en La Guajira.

Nos despedimos con un abrazo y prometimos volvernos a ver.

Duele que un hombre que le apostó todo al anhelo de paz termine, desarmado e indefenso, baleado por la espalda.

cómo duele la suerte de los 239 camaradas que como él creyeron en la salida dialogada al conflicto y fueron asesinados tras la firma del Acuerdo de Paz.

Pero duele más la pasividad de los sectores políticos y sociales del país, de los garantes del acuerdo, de los organismos internacionales y la comunidad internacional, que ven cómo frente a sus ojos se aniquila a una fuerza política surgida de un Acuerdo de paz,
sin que las instituciones del Estado, ni nadie haga absolutamente nada.

Por Benedicto González Montenegro, firmante del Acuerdo de Paz Agosto 30 de 2020