María, la chica que quería ir a la guerra

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Taleb Alisalem

“Adhesióncircunstancialalacausa o alaempresadeotros” así es su definición en el diccionario de la Real Academia Española, pero me temo que la palabra solidaridad tiene un significado mucho más personal y profundo. En algunos casos la solidaridad transforma, revoluciona, embulle, embellece y cambia de forma radical la vida de quienes la adoptan como suya. María es el mejor ejemplo.

Nací el día 30 de un caluroso junio en los campamentos para refugiadas saharauis allá por el año 1992, hacía menos de un año de la firma de alto al fuego entre el Frente Polisario y Marruecos, por fin la paz que traerá la independencia y la vuelta de los refugiados a casa, la solución al conflicto saharaui estaba más cerca que nunca, pues llegó la ONU para poner fin a una guerra que había comenzado en los años setenta y por fin en 1991 la ONU presentó un plan de paz que tanto saharauis como marroquíes aceptaron.

Este plan consistía en el cese inmediato de la guerra y el inicio de la preparación de un referéndum donde el pueblo saharaui pudiese decidir libremente su destino, o al menos eso es lo que se dijo en su día ya que hasta el día de hoy este referéndum no se ha realizado, los refugiados todavía no han regresado a casa y el conflicto saharaui sigue sin solución.

Mi generación nació en la época de la paz, o la “falsa paz” como la llaman algunos ya que crecimos esperando una solución que nunca llegó. Crecimos aprendiendo a aceptar que estamos condenados a vivir en el refugio; crecimos intentando entender por qué nuestras familias viven separadas por un muro; crecimos intentando entender por qué nuestros hermanos en los territorios ocupados del Sáhara Occidental sufren la violación, el maltrato, la tortura y el genocidio; crecimos intentando aceptar que el mundo observa, calla y bendice todo lo que a nuestro pueblo le pasa. Pero aunque mi generación haya crecido intentando entender la injusticia, nunca aceptamos el silencio. Aprendimos a hacer de la lucha y el activismo un modo de vida, de mil maneras y formas distintas. Siempre intentamos manifestar y denunciar el sufrimiento y la injusticia que sufrimos como pueblo.

En mis 28 años de vida poco había cambiado respecto al conflicto saharaui a pesar de haber luchado durante toda mi vida junto a mi pueblo de forma pacífica. Nada había cambiado. Así fue hasta el pasado día 13 de noviembre de 2020, día en el que el gobierno saharaui anunció de forma oficial la vuelta a la lucha armada contra Marruecos tras 29 años de haber firmado esos acuerdos de alto al fuego. Los saharauis, hartos de esperar un referéndum que no llega, hartos del continuo sufrimiento, el saqueo a su tierra, el maltrato a su pueblo… decidieron empuñar las armas de nuevo, conquistar lo que es suyo por la fuerza.

Sin duda un día que jamás olvidaré ya que por primera vez en mi vida noté que algo había cambiado, y aunque la guerra no debería ser motivo de felicidad para nadie, para mí lo fue. La euforia de saber que tras toda una vida esperando a que algo cambie, por fin, algo había cambiado… Aquella mañana del 13 de noviembre mi hermana me despertó a las 8 de la mañana:»¡es la guerra!, ¡es la guerra!», decía. Entre las decenas de mensajes que recibí aquel día de nervios e incertidumbre, me llamó la atención un mensaje de alguien que desconocía. Me dijo que se llamaba María y quería preguntarme si conocía algún modo de que una española pudiera viajar a los campamentos de refugiados saharauis – y resaltaba – ese mismo día. Le contesté que se acababa de declarar la guerra y que, en una situación así, el Sáhara no es el mejor lugar para ir y menos para una ciudadana europea.

Con una voz medio afónica, tan serena como segura, María me contestó en una nota de voz : “Necesito estar allí. No puedo estar aquí, no lo soporto, tengo que ir ya, como se pueda”. Ella era consciente de que iba a un lugar en guerra. Era consciente que ese era el primer día de guerra y pese a la incertidumbre, el miedo, y la desestabilidad que todo ello supone, María quería estar con los saharauis y acompañarles en este momento tan difícil como importante en su historia. Su solidaridad traspasaba todas las barreras y su seguridad y determinación llamaron mi atención por eso escribo la historia de María.

María es una joven albaceteña que estudió arte dramático. Es actriz de teatro y también presidenta y fundadora de la asociación ‘L’huria’ -libertad en árabe-. Su contacto directo con el pueblo y la causa saharaui fue a través de su participación en la producción de un videoclip de la cantante saharaui, Mariem Hassan, vídeo que se grabó en los campamentos de refugiados saharauis.

María en el campamento saharaui (I).

«María, ¿Por qué te marcó tanto el pueblo saharaui?», pregunté. «El pueblo Saharaui, tiene un don o una capacidad, si vas tal cual eres, sin corazas y a dejarte traspasar, son ellos los que te cambian y acaban logrando que te enamores. Desde luego están hechos de otra pasta y como digo muchas veces: vas creyendo que tú les vas a dar algo, pero son siempre ellos los que te dan a ti todo. La vida, te dan la vida. A partir de ahí, todo viene solo y cuando te quieres dar cuenta ya estás metida hasta el cuello o, como yo digo, enamorada”, respondió.

María tipifica en tres los tipos de cooperantes o solidarios que van a los campamentos de refugiados saharauis: “Los que van y ni siquiera saben muy bien dónde van, no tienen mucha idea del conflicto, pero a la vuelta ya traen algo de información pero poca implicación; los que sí llevan una idea, que sí saben donde van y cuando vuelven muestran su apoyo siempre en los momentos puntuales de crisis, necesidad o emergencia; y por último están los que van con idea o sin ella, pero vuelven entregados”. Este último grupo, en el que María se incluye, es un tipo de personas que los saharauis conocemos muy bien, los conocemos porque ellos nos acompañan, porque sentimos que nuestra causa es tan nuestra como suya, porque vemos en sus ojos que nuestro sufrimiento es el suyo y porque su calidad humana alimenta nuestra esperanza.

María me explicó que su primer viaje a los campamentos de refugiados saharauis fue como “desnudar el alma”, le pregunté por su primer día y por el choque con la realidad, ella contestó: “Desde el primer minuto que pisé la arena en los campamentos de refugiados, todo lo que llevaba encima quedó en mi casa en España. Quedaron lejos los filtros, los juicios, los prejuicios, lo que sabía, o mejor dicho, lo que creía saber, todas mis ideas sobre las palabras: paz, justicia, libertad, solidaridad, pero sobre todo sobre la palabra amor. Mi primera impresión fue como llegar a un planeta distinto, tan cerca y a la vez tan lejos”.

María en el campamento saharaui (II).

Desde que volvió a España tras ese primer viaje, su vida cambió de forma radical, siendo el pueblo y la causa saharaui un motivo que vino para quedarse en su vida, siendo la lucha por los derechos de este pueblo su nuevo modo de vida: “Después de estar en campamentos y sabiendo lo que ocurre en territorios ocupados, tu conciencia no te permite seguir impasible y volver a tu casa como si nada”, afirma María.

Quise que María me explicara por qué aquel 13 de noviembre estaba tan decidida y segura de querer encontrar el modo de viajar al Sáhara sabiendo que la guerra acababa de estallar. María, sin dudar y con la misma seguridad que la caracteriza y el mismo don poético de expresión, contestó que “la gente no acaba de entenderlo, escuchan la palabra guerra y en el imaginario colectivo aparece lo que hemos visto en las películas: bombas, amputaciones, dolor… y está claro que todo eso está, pero cuando yo digo que me quiero ir veo eso, sé que existe, pero también veo manos que tienen que curar, ayudar, cocinar, construir, coser, etc. Y veo los ojos de mis compañeros de lucha, de mis hermanos, de mis amigos saharauis; oigo las canciones que sé que se cantan en el frente, las estrellas palpitando en las noches del desierto y veo el mar de fondo rugiendo y gritando la palabra libertad y no sé ni cómo ni por qué extraña razón, no tengo miedo. Me dicen que he perdido la cabeza, los filtros, etc., pero yo siempre digo: “¿Tú no lo harías por el amor de tu vida, por tu pueblo?”, porque yo por el mío sí, por la libertad del pueblo saharaui daría todo”.

Son muchos los que se preguntan cómo mi pueblo pudo seguir resistiendo el refugio, el genocidio y la invasión tanto tiempo, cómo pudimos sobrevivir más de cuatro décadas en tan difíciles condiciones y con todos los vientos y mareas en contra. Sinceramente, como saharaui, pienso que uno de nuestros principales soportes son personas como María, los que hacen que la solidaridad tenga otro significado, los que con su entrega y lealtad hacen que la esperanza sea la bandera de los justos que aún creen en la justicia y luchan por ella. Personas como María hacen que el sufrimiento de nuestro pueblo sea menos sufrimiento.

Para finalizar, le hice la misma pregunta que me hago a mí mismo desde que tengo uso de razón: «¿Cómo crees que acabará el conflicto en el Sáhara Occidental? En su respuesta estaba la incertidumbre de los justos y la seguridad de los valientes: “No sé decirte cómo acabará… Lo que sí estoy segura es que de que los saharauis, de un modo u otro, lograrán lo que se propongan por luchadores y persistentes, y porque tienen tanto apoyo detrás”.

En su respuesta estaba el deseo de quien supo ver, entender y amar a un pueblo olvidado, digno y justo, en su respuesta mi deseo y el de mi generación: “Espero que termine sin dolor, sin sufrimiento, y que un día en una jaima cerca de la costa pueda sentarme cerca de la madre de mis compañeros saharauis a escuchar sus historias, mientras ellos hacen té y el mar grite que por fin lo habitan sus verdaderos dueños, los saharauis.”

María en el campamento saharaui (III).