«Las contradicciones de clase están vigentes; la lucha de clases también»

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A propósito de una circular interna pero pública

“Hay que oír y hacerse oír, tratando los problemas con sencillez, pero con seriedad y suficiente claridad”
Manuel Marulanda Vélez

Frente a circular a la militancia del partido de la Rosa, fechada el 17 de diciembre, y suscrita por Rodrigo Londoño, en la que se exponen algunas opiniones personales del presidente del Partido sobre el desarrollo del pleno del Consejo Nacional de los Comunes y sobre mi intervención en esa reunión, me veo obligado a hacer las siguientes consideraciones:

Participé e intervine en el Pleno del 12 de diciembre ejerciendo mi derecho y expuse propuestas encaminadas a la adopción de decisiones fundamentales para el Partido, considerando la situación política.

Al parecer mi tono y mi acostumbrada franqueza fueron vistas como inoportunas e incómodas, como se aprecia en la señalada circular, en la que se habla de mis “acusaciones contra el Partido y la dirección”.

De uno de nuestros comandantes históricos Ciro Trujillo aprendí que “debemos ser fraternales pero francos y firmes en la defensa de nuestras convicciones”.

Me pregunto, ¿qué es lo que no gusta?

Decir que nuestra propuesta de democratización no es para maquillar el régimen, sino para avanzar hacia la democracia verdadera; o que la nefasta doctrina de la Seguridad Nacional, sigue a todo vapor, y de ella son víctimas líderes, y también quienes hicieron parte de nuestras filas; o qué no dejamos las armas para que nos maten con saña e impunidad, y que a nuestro llamado a la reconciliación se le ha respondido con más asesinatos.

Quisiera que Timo y el “Núcleo” (ese del que habla en voz baja la militancia) expliquen qué es lo que “ensombrece un pleno del Partido”.

¿No gustó que haya dicho que en los aspectos esenciales nos incumplieron y que ese hecho incontrovertible hay que denunciarlo sin temor?

¡No camaradas, los hechos no ensombrecen, clarifican!

¿O acaso no son hechos concretos que, a pesar de algunos logros normativos y parciales en aspectos no esenciales, se han dejado de lado temas como la reforma político-electoral, las circunscripciones especiales, la Reforma Rural Integral y la política de
sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito, entre otros?

Quizás lo que tanto molesta a Timo y al “Núcleo” sea mi aseveración de que no tiene por qué haber arrepentimiento alguno por nuestro alzamiento en armas, sino que ello debe llenarnos de orgullo, dignidad, y enaltecer nuestra lucha actual, y que debemos rechazar algunas declaraciones que falsean la historia, al atreverse a afirmar que nos habíamos lumpenizado, que no había mando, que estábamos casi vencidos.



Cuánta razón la del camarada Alfonso Cano cuando decía: “En los tiempos que corren, con el desarrollo de los medios de comunicación, no hay confusión posible. Quienes defienden el orden existente, no lo pueden ocultar”.

¿Con qué sustento osa Timo en su circular afirmar que mis reflexiones “… antes de proponer parecían encaminadas a la destrucción”?

¿Será porque me atreví a decir lo que se dice dentro y fuera del Partido?: tenemos una dirección (en la cual me incluyo) que no ha estado a la altura de las circunstancias, que se ha preocupado más por controlar un “aparatico”, que por construir partido y ampliar la influencia en las masas.

O porque afirmé qué nuestro legado no se merece lo que está pasando.

O porque planteé qué el Acuerdo de paz no cuenta con una implementación integral, y no se ha materializado en la transformación de la vida de las gentes en los territorios.

O porque dije que no existen garantías de seguridad para la oposición, para las comunidades ni para nosotros, y qué el desmonte de las estructuras paramilitares ha sido pura verborrea, pero que el Acuerdo ofrece salidas al tema de la persistencia de la violencia política en nuestro país.

¿Es eso destructivo, eso ensombrece un pleno de un partido revolucionario?

¿Es eso lo que no acepta el “Núcleo”?

¿Que plantee por ejemplo que la tarea de la democratización, que nos propusimos desde el Programa Agrario de los Guerrilleros en 1964, recogida parcialmente en el Acuerdo, sigue plenamente vigente, y debe hacer parte de nuestras urgentes preocupaciones; o que plantee que debemos persistir en la lucha por la implementación integral del Acuerdo, y que aún se está a tiempo de reconducirlo. Y que para la historia no debe quedar ninguna duda sobre nuestros nobles propósitos revolucionarios.

Y que, en mi caso, la palabra arrepentimiento no tiene cabida alguna?

En ese mismo sentido, me pregunto ¿Por qué Timo se atreve a calificar mis apreciaciones como “fuera de lugar”?

Los acentos se deben poner donde son: el estado del proceso de reincorporación es penoso y lamentable, empezando porque ni siquiera nos garantizan la vida; lo que se ha logrado hacer en lo colectivo ha sido sobre todo por el trabajo de nuestra gente, y por algunos apoyos internacionales y estos temas merecen amplia discusión y debemos elaborar mejor nuestra posición frente a ellos.

¿Se puede considerar “fuera de lugar” afirmar que debemos estar al lado de la movilización y de la lucha social?; ¿o que está vigente la propuesta que formuló el Partido sobre el “plan de choque social”, y que la situación económica debería estar dentro de nuestras preocupaciones inmediatas?

¿Es acaso una herejía sostener que el Pleno y sobre todo la Asamblea Nacional de los Comunes no deben limitarse a tratar los temas electorales y deberían más bien ocuparse de la problemática que caracteriza el momento político y las perspectivas que se vislumbran?

Timo y “El Núcleo” parecen olvidar, que el compromiso con la paz no debe confinar el disenso respecto a los planteamientos y el accionar políticos en dirección a ese logro.

Una cosa es el centralismo democrático y otra el centralismo burocrático, que es el que se está afincando en la dirección y las instancias partidarias.

Tenemos mucho monte en la espalda para que a estas alturas por cuenta de una mayoría que puede ser circunstancial, se nos impida hacer uso de nuestros derechos.

Yo no voy a avalar la clausura de espacios de debate político – ideológico, la expulsión de camaradas elegidos democráticamente, pero separados del partido mediante procedimientos cuestionables que en realidad esconden propósitos de purga interna o el disgusto por tratarse de voces críticas de las actuaciones de la dirección. Tampoco voy a dejar de pronunciarme frente a la pérdida de confianza en la dirección en sectores de la militancia, o a guardar silencio frente a las imposiciones, o a la no garantía de expresión de las diversas visiones e incluso tendencias que
pareciera haber dentro del Partido.

Si no se introduce un golpe de timón, nuestro Partido se ira deshaciendo en un aparato político – burocrático, incapaz de asumir los retos de la construcción de la paz y de darle perspectiva a nuestro proyecto revolucionario; irá camino de la absorción por el Establecimiento.

No puedo estar de acuerdo con quienes propalan con arrebato que el proceso de paz avanza exitosamente, cuando cientos de exguerrilleros aún se encuentran en la cárcel, y sobre todo cuando contra el partido de la FARC y nuestras antiguas unidades se está llevando a cabo un verdadero exterminio.

Mi llamado es a no pasar de los publicitados “funerales de la guerra” a las exequias de cualquier esperanza de paz con justicia social.

Y eso pasa por no confundir acomodaticiamente en lo interno convicción con seguidismo, compromiso con debilidad ideológica, cohesión con parálisis teórica y acrítica, defensa de la paz con sectarismo devoto, lealtad al Partido y principios farianos con lealtad
al “Núcleo”, y confianza en la dirección con fe en la dirección.

El liderazgo revolucionario no asume la lealtad como devoción o adhesión, eso es liderazgo autoritario.

Si la extrema derecha en el poder se empeña en hacer trizas el Acuerdo de paz, no podemos nosotros corresponderle haciendo trizas nuestros principios, o reduciéndolos a consignas o amañados pseudoargumentos para irónicamente acallar el ejercicio de la deliberación interna.

Nos corresponde revitalizarlos para impedir la subordinación seguidista e irreflexiva, con la que se propende hacerle creer a la militancia y a la ciudadanía en general que nuestros problemas, y la causa de todos nuestros males, radican en el nombre del partido y se resuelve con un buen mercadeo, cuando cientos de miles de campesinos continúan sin tierra, aumenta el desplazamiento, las masacres y la persecución, no existen garantías de participación política, la protesta social está prohibida de facto, y las víctimas son revictimizadas.

Lo que vivimos hoy se explica en buena medida por la no implementación del Acuerdo.

Ante los ataques y las burlas del Estado al acuerdo de paz, es preciso un dirección colectiva y revolucionaria que esté a la altura de las exigencias.

No es esa la situación de la actual, de la cual hago parte. Necesitamos una dirección abierta a toda militancia, interesada en la consolidación y el crecimiento del Partido, más que en su control burocrático.

Una dirección que sea consecuente con nuestro legado fariano; que no sea timorata con los fuertes y poderosos y sí agresiva y autoritaria con los propios. Dirección colectiva, no camarilla.

El liderazgo revolucionario no asume la lealtad como devoción o adhesión, eso es liderazgo autoritario.

Si la extrema derecha en el poder se empeña en hacer trizas el Acuerdo de paz, no podemos nosotros corresponderle haciendo trizas nuestros principios, o reduciéndolos a consignas o amañados pseudoargumentos para irónicamente acallar el ejercicio de la deliberación interna.

Nos corresponde revitalizarlos para impedir la subordinación seguidista e irreflexiva, con la que se propende hacerle creer a la militancia y a la ciudadanía en general que nuestros problemas, y la causa de todos nuestros males, radican en el nombre del partido y se resuelve con un buen mercadeo, cuando cientos de miles de campesinos continúan sin tierra, aumenta el desplazamiento, las masacres y la persecución, no existen garantías de participación política, la protesta social está prohibida de facto, y las víctimas son revictimizadas.

Lo que vivimos hoy se explica en buena medida por la no implementación del Acuerdo.

Ante los ataques y las burlas del Estado al acuerdo de paz, es preciso un dirección colectiva y revolucionaria que esté a la altura de las exigencias.

No es esa la situación de la actual, de la cual hago parte. Necesitamos una dirección abierta a toda militancia, interesada en la consolidación y el crecimiento del Partido, más que en su control burocrático.

Una dirección que sea consecuente con nuestro legado fariano; que no sea timorata con los fuertes y poderosos y sí agresiva y autoritaria con los propios. Dirección colectiva, no camarilla.