La odisea del grupo de Iván Márquez para lograr reunirse en la frontera venezolana

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La Segunda Marquetalia, el grupo liderado por el jefe negociador de las Farc en el proceso de paz, Iván Márquez, hizo su aparición pública con un manifiesto el pasado 29 de agosto que marca el comienzo de una nueva lucha armada. Alrededor de Márquez se han reunido curtidos comandantes como, Santrich, Romaña, El Paisa, Walter Mendoza, el Zarco Aldinever, Enrique Marulanda o El Loco Iván —que negociaron y firmaron el Acuerdo de Paz con el gobierno Santos pero que se han hecho a un lado—. Junto con ellos hay un amplio grupo de guerrilleros de base que se han ido abriendo decepcionados por los incumplimientos por parte del gobierno en la implementación de lo firmado en el Teatro Colón el 24 de noviembre de 2016. Tienen contacto con la disidencia de Gentil Duarte en el suroriente, fortalecida militarmente por el narcotráfico.

Este texto forma parte de un relato de 287 páginas titulado ‘La Segunda Marquetalia’, elaborado colectivamente por los comandantes, en el que se nota la pluma de Jesús Santrich.   

***

La segunda Marquetalia inició su marcha a las 9 de la noche del 3 de julio en El Pato, región histórica de la resistencia armada, surcando la oscuridad con la sola luz de los cocuyos por trochas de lodo y rocas, cordillera arriba. Atrás quedó sin objetivo el despliegue del batallón 22 de contraguerrilla “Diosa del Chairá” y del batallón de alta montaña de Balsillas.

Desde los picos gélidos de la cordillera, que en Las Morras alcanzan a tocar el cielo, explorábamos con drones silenciosos y furtivos el movimiento de las tropas que subían por los desfiladeros desde Guayabal, San Luis, Chorreras y La Unión… En tierra, los radios de las milicias campesinas -que son los ojos de la guerrilla-, “peteteaban” para comunicar las novedades.

“Monte a monte” avanzaban las fuerzas especiales del ejército, y en esa disposición combativa, en dos días llegaron al sitio donde pernoctamos la primera noche. Allí exploraron el rastro de nuestras botas en todas las direcciones de la rosa de los vientos.

Nos buscaban sin tregua y sin descanso mientras marchábamos con la táctica de guerra de guerrillas móviles de Manuel por trochas secretas de mica y oropel, bajo la lluvia o bajo el sol.

El comando del ejército había desplegado en Guacamayas y el río Pescado una cortina de cierre compuesta por 600 soldados profesionales, y había ordenado a las tropas basadas en Puerto Amor desplazarse en dirección a la vereda El Avance para taponar toda vía de escape. Desde el aire nos seguía siempre el ronroneo de un bimotor de inteligencia que husmeaba las cumbres y volaba rasante las cañadas.

Teníamos plenamente identificada la aeronave. Se trataba de un avión de inteligencia de los Estados Unidos que en su rutina aparcaba en el aeropuerto Benito Salas de Neiva en misión Top Secret. En la antesala del operativo sobrevolaba todos los días, mañana y tarde, la cuenca del río Pato y las cumbres de la triple frontera de los departamentos de Huila, Caquetá y Meta. Siempre voló a baja altura en círculos o en línea recta por encima del lugar donde nos encontrábamos con Osar Montero, El Paisa. Luego de estas maniobras se dirigía a la base aérea de Tres Esquinas ubicada a orillas del río Orteguaza, que es una base gringa contrainsurgente dedicada a aportar inteligencia satelital en tiempo real para guiar las operaciones militares.

El movimiento y retiro de las tropas de Puerto Amor, a orillas de Las Perlas, abrió sin proponérselo el gran boquete de nuestra retirada. En cinco días de marchas rápidas y arriesgadas, diurnas y nocturnas, dejando atrás un avispero de drones que nos buscaban, pasamos por San Juan del Losada, el Guaduas, la Sombra, y desde allí, rosando patrullas militares situadas a poca distancia, llegamos a la vastedad verde salpicada de matas de monte, de esteros, chaparros y morichales: las sabanas del Yarí.

Esa geografía bañada por el sol y poblada de venados y garzones, nos dio la oportunidad del reencuentro, luego de muchos años, con las tardes apacibles del río Camuya. Ya conocíamos esas latitudes. El Mono Jorge nos había llevado en su carro por una carretera guerrillera abierta a pico y pala, bien mimetizada en la selva, hasta el Camuya. Íbamos para el pleno del Estado Mayor Central que denominamos “Abriendo caminos hacia la Nueva Colombia”. En aquella ocasión nos embarcamos Camuya abajo en busca del río Yarí, y más exactamente en busca del punto donde nos esperaba Manuel Marulanda Vélez, el siempre comandante en Jefe de las FARC.

En el trayecto, antes de llegar a la bocana del Yarí, recostados en la oquedad del vientre de las canoas, contemplamos extasiados el espectáculo de una enorme bandada de pájaros revoloteando en círculos el destellante cielo azul. De repente apareció un águila embistiendo rauda, como Sukoi en picada, la masa de pájaros. Al zambullirse en ella, para sorpresa nuestra, no produjo ningún caos ni dispersión; la bandada prosiguió impertérrita su vuelo circular.

El águila no persigue a la masa, sino que se concentra en un solo pájaro, el cual, como es natural, la elude con sus movimientos rápidos de supervivencia cambiando desesperado la dirección de su vuelo hacia arriba o hacia abajo, volando en zig-zag o hacia los costados. Y el águila se ve obligada a pintar con su vuelo la errática y enloquecida trayectoria… Sin duda el pajarillo no vio otra posibilidad de amparo y salvación de su vida, que la de avalanzarse en picada hacia los botes guerrilleros. Con todas sus fuerzas Remaba con sus alas directo hacia nosotros, y detrás, el águila rapaz. ¡Qué crispación tan enorme! Pero la asustada avecilla, sintiéndose a salvo, al lograr lo que quería, con su última exhalación niveló el vuelo para pasar rosando con su turbulencia las cabezas de los guerrilleros en dirección a la montaña.

Esta narración sobre el Camuya, lugar próximo al Diamante donde se realizó la X Conferencia de las FARC-EP, sólo busca pincelar el entorno del lugar donde redactamos la carta que dirigiéramos al jefe de la Misión de Naciones Unidas en Colombia, señor Jean Arnault, informándolo de los graves acontecimientos que contra la estabilidad de la paz de Colombia había provocado el Estado en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Miravalle y en la región del Pato.

Iván Márquez y El Paisa en el espacio territorial de Miravalle.

Julio 8, ETCR Miravalle

CARTA ABIERTA

Señor

JEAN ARNAULT

Jefe de la Segunda Misión de ONU

Bogotá

Saludo cordial.

Desde el viernes 6 de Julio tropas especiales de contraguerrilla del ejército pertenecientes al Batallón 22 y de Alta Montaña han desplegado sobre la región del Pato un operativo terrestre que no dudamos está dirigido a sabotear la marcha de la esperanza de paz.

Esta novedad que revive ambientes de guerra que considerábamos superados, tiene lugar luego de sobrevuelos de aviones de inteligencia y de drones -que aún se mantienen- sobre el ETCR de Miravalle, situación que hemos informado oportunamente al señor Vice-presidente de la República.

Una secuencia de sucesos desafortunados generados por el Estado, están evaporando de manera preocupante la credibilidad y la confianza en el proceso de paz.

Nos referimos a la detención de Jesús Santrich, plenipotenciario de las FARC en la Mesa de negociaciones de La Habana, sobre la base de montajes mentirosos de la Fiscalía General de la Nación, injusticia que se ha prolongado en el tiempo por la indiferencia de quienes pueden y deben decretar su libertad. No hay razón de Estado más poderosa que salvar un Acuerdo de Paz.

Nos referimos a los incumplimientos en lo esencial del acuerdo para la terminación del conflicto, como el hundimiento de la Reforma Política por el Congreso. Al olvido de la Reforma Rural Integral cuando el problema de la no tenencia de la tierra ha sido considerado causa principal del conflicto que intentamos apagar. La transfiguración de la sustitución de cultivos de uso ilícito en erradicación forzosa, engañando así a los campesinos, que además no reciben un tratamiento penal diferencial.

Como un lastre que impide al proceso levantar el vuelo están las modificaciones a la JEP, Jurisdicción que fue concebida para todas las partes involucradas en el conflicto, no para una sola. La que promueven hoy no es la JEP que acordamos en La Habana. Es otra cosa luego de su paso por las manos del Fiscal, del Congreso, la Corte y el propio Ejecutivo. En su destrucción han participado todas las ramas del poder público que parecen coaligadas en torno a la impunidad para los poderosos.

La paz de Colombia está atravesando una peligrosa turbulencia que la puede empujar definitivamente al abismo de los procesos fallidos. Sólo la movilización del pueblo colombiano en defensa de la concordia y la reacción de organismos internacionales como la ONU y la Unión Europea pueden salvar la paz.

Seguimos esperando una respuesta perentoria de neutralización por parte de las autoridades a la endemoniada máquina de muerte que está decapitando a los líderes sociales en Colombia.

Atentamente

    HERNÁN DARÍO VELÁSQUEZ                        IVÁN MÁRQUEZ

Por esos días nos había llegado también el mensaje de que el Ministro del Interior, el Alto Comisionado de Paz y dos representantes del alto mando militar deseaban conversar directamente con nosotros para aclarar la situación generada en El Pato… No pudimos atender esta solicitud porque ya nos encontrábamos en marcha e incomunicados.

También escuchamos por la radio a Néstor Humberto Martínez, propagando que no había ninguna orden de captura con fines de extradición contra el Paisa ni contra Iván; que estos podían regresar tranquilos al espacio de Miravalle. El argumento parecía un ardid para amansarlos y revivir condiciones perdidas que les permitiera su captura y extradición a los Estados Unidos. Nadie puede confiar en las palabras del “Fiscal Leviatán”, demonio destructor de la paz… Ya habíamos detectado que en la zona del ETCR también se movía infiltrada una fuerza de “zorro-solos” o comandos especiales de francotiradores con la misión exclusiva de darnos de baja. Incluso llegaron a interceptar, fusil en mano, con máscaras y capuchas una camioneta toyota, en la vía Neiva-San Vicente, creyendo que allí se movilizaban los blancos de alto valor que tanto buscaban.

Sólo queríamos que nos dejaran trabajar en paz, atender los requerimientos de la JEP sobre verdad, y continuar nuestra lucha demandando del Estado cumplimiento de la reparación de las víctimas del conflicto, pero no nos dejaron. La intransigencia obnubilada de una oligarquía de derecha, santanderista, nos negó esa ilusión.

Gentil Duarte, el duro disidente de las Farc que comanda un importante grupo de guerrilleros. 

Muchos se preguntaban si nos habríamos reunido con Gentil Duarte. Pues sí. Nos reunimos con Gentil y con Calarcá en El Diamante (Yarí), en un sitio colindante con una brigada móvil del Ejército. Si no hubiese sido por ellos, por su solidaridad, habría sido más difícil guarecernos de la persecución del Estado. A través de ellos hicimos contacto con Iván Losada, comandante del Primer Frente, que aún se mostraba sulfurado por la traición que consideraba de doble vía. Pudimos darnos cuenta de la injusticia de una guerra mediática de desprestigio contra un hombre bueno, revolucionario como Gentil a quien acusaban falsamente, sin ninguna prueba, de ser narcotraficante y de otras barbaridades sin fundamento. Lo que vimos en él fue a un hombre muy racional y con una sensibilidad humana explayada.

Pero íbamos en que el águila rapaz no pudo cazar al pajarito porque éste se refugió en el monte…

Cavilando en el Camuya sobre el aleve plan del Estado contra nuestra vida y nuestra libertad, en la irresponsable detención de Santrich por medio de un mefítico montaje judicial y en la dolorosa traición al Acuerdo de Paz de La Habana, resolvimos adentrarnos en la selva profunda del Guaviare para meditar, en ambiente distendido, la mejor salida a la encrucijada de Colombia: o encontramos sabiamente la manera de salvar el acuerdo de La Habana del abismo de la perfidia y de los procesos de paz fallidos, o emprendemos el camino de la segunda Marquetalia soñada por Manuel en los últimos tres años de su vida, para seguir luchando por la paz con justicia social.

Nos daba vueltas en la cabeza la certeza expandida por el Libertador Simón Bolívar en su Dogma filosófico de la insurrección. “La insurrección se anuncia con el espíritu de paz; se resiste al despotismo porque éste destruye la paz, y no toma sus armas sino para obligar a sus enemigos a la paz”.

Avanzamos entonces por campos abandonados florecidos de algodones rosados que brotaban de las dormideras, buscando el río La Tunia, carretera fluvial que conduce a la Serranía de Chiribiquete. Perros flacos y hambrientos que ladraban con el último aliento, defendían con sus ojos de candela las casas solitarias de sus amos ausentes. Volvimos a ver directamente con nuestros propios ojos la mirada nublada y triste de la pobreza en el campo.

Cuatro días después, de caminar por trochas casi perdidas, nuestra embarcación se deslizaba serena sobre el espejo café con leche del río desplegando en la proa sus alas blancas de mariposa. Los patos agujos volaban rasantes como avanzada fluvial de millones de sueños insurrectos.

Ante nuestros ojos llenos de asombro desfilaba la vida: vimos los árboles con sus matices verdes infinitos sumergiendo sus pies descalzos en el silencio del río, y las palmas compitiendo con ellos las caricias del sol, su dios de la energía y de la sangre de su sabia. Como una proyección de filmina pasó un árbol viejo con su corazón vencido, resquebrajado y roto resistiéndose a ser arrastrado por la corriente; y luego apareció un grupo de palmeras con sus blancos vestidos, meneando coquetas en el telón silvestre, sus exuberantes melenas verdes, mientras a lado y lado esporádicamente, se asomaban bermejos barrancos a fisgonear el paso de la barcaza repleta de rebeldía.

La lluvia se anunció con un tiroteo de gotitas de agua sobre el cristal del río activando con su impacto un hervor de círculos que al chocar en su expansión desataron la sinfonía de sus ondas sonoras, monótonas y diluviales. Tuvo que intervenir el sol con un diluvio de flechas doradas para poner en fuga el inoportuno chubasco.

Entonces pudimos ver al final de la recta del río, dibujada sobre las copas vegetales, la mole majestuosa azul oscuro de la serranía de Chiribiquete. Sabíamos que sus alturas de arcanos ancestrales, de vida y de minerales, estaban custodiadas por tropas del ejército en desarrollo de órdenes ligadas a la ambición de riquezas de la oligarquía, que ve siempre los bienes del común y de la humanidad, como una posibilidad de negocio y de comercio. Actúa como despreciable instrumento de la codicia extranjera.

Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete.

El espacio que domina desde las alturas esa serranía, como ella misma, es la naturaleza primitiva más hermosa de Colombia. Los tepuyes o mesas de los dioses que coronan las rocosas atalayas, señorean sobre la selva y la vida. Esas rocas hablan con las estrellas sobre el futuro y también con los humanos a través de sus rojas pinturas rupestres estampadas con las manos del pasado. Chiribiquete es un inmenso ecosistema cargado de mensajes desconocidos para el mundo, pero herido por todas partes por la deforestación irracional.

Al llegar a la zona de desembarco, Roldán, quien capitaneaba el yamaha 75 que impulsaba el bote, informó que no conocía exactamente cuál era el puerto de llegada. Mientras daba tiempo a las conjeturas de la duda en su cabeza el motor se le apagó exactamente en la frontera en la que las aguas del río dejan su mansedumbre y entran a la bravura del declive desarrollando velocidades frenéticas en dirección a los cangilones. “Dele cabuya, dele cabuya” le gritaban los guerrilleros, mientras los nadadores se alistaban para lanzarse al río en busca de la orilla para amarrar la embarcación en el primer árbol que apareciera. En ese momento, Roldán logró encender el motor y en un rápido movimiento saca del chorro la embarcación y la enfila hacia un puerto, que desesperado por lo que acontecía, le hacía señas de angustia y lo llamaba con sus manos. Y hacia allá hizo bramar el motor. Eran las 16:00 horas. Los viajeros saltaban ágilmente con sus equipos al hombro directo a un banco de arenas amarillas custodiado por bejuqueras.

Velozmente, como compitiendo con el avance de la noche se construyeron las caletas y se preparó la cena.

Ya en el sosiego del descanso nocturno sólo se escuchaba el raudal atronador del Tunia precipitándose entre los cajones pétreos y misteriosos de Chiribiquete.

En medio de la dura y hermosa travesía selvática, del recuentro con nuestro elemento, la táctica de guerra de guerrillas móviles, amparada en el secreto, la movilidad y la sorpresa, fuimos interpelados por la visita de la Comisión de Paz del Senado al ETCR de Miravalle en el Caquetá encabezada por los senadores Iván Cepeda, Roy Barreras y Pablo Catatumbo, en busca de Iván y del Paisa y motivados por el acceso a las causas objetivas que precipitaron su repliegue del espacio de reincorporación y resolver así la incertidumbre que podía significar el retorno de un sector de las FARC a la lucha armada. (…..)

La comisión de paz del Senado visitó el espacio territorial de Miravalle que lideraba Iván Darío Hernández, El Paisa.

Dispuestos ya, con equipos al hombro, a reanudar desde uno de los raudales de Chiribiquete nuestra marcha hacia al río Itilla, fuimos despedidos por la mágica visión de una constelación de mariposas amarillas revoloteando en un ignoto playón del Tunia que nos hizo recordar a Aureliano Buendía en “cien años de soledad” y la mañana de lluvia tenue del río Caguán en la que por horas vimos pasar la más multitudinaria procesión de mariposas que con sus alas de sol subían en dirección a Cartagena del Chairá.

Luego de esta visión, orientando la brújula de nuestros pasos hacia el oriente como punto cardinal de referencia, buscando el Itilla, nos adentramos entonces en el corazón de esa selva de enigmas, resueltos a devorar la distancia lo más pronto posible. Adelante, en la vanguardia, iban los “trochadores” de Calarcá, machete en mano y sudor, trazando la “pica” orientadora de la ruta. Y así fuimos vadeando caños rojos inimaginados con pisos de piedras blancas pulimentadas con una rara y asombrosa hermosura; caños diáfanos silenciosos y caños revueltos tal vez por el chapoteo de los manaos. En ese rumbo 88 grados, encontramos una inesperada elevación rocosa que tuvimos que escalar agarrados de raíces y bejucos, que, al sacarnos el aire por su rudeza, sólo pensábamos en llegar a la cima para tirarnos al piso a descansar. Y lo hicimos al lado de un árbol enorme que yacía sobre un lecho de hojas, que solo quería, con la ayuda de sus dos nuevos amigos: el tiempo y la intemperie, mezclarse con la madre tierra, como habremos de mezclarnos todos, indefectiblemente.

Reiniciado el camino, más adelante encontramos un campo de “bailadero de brujas”, que son colonias de árboles cargados de majiñas, diminutas hormigas de veneno ácido inversamente proporcional a su tamaño. Estos “bailaderos” se levantan sobre un piso totalmente limpio de maleza, que de verdad semejan una pista de baile. Sus hojas maceradas, mezcladas con aceite de marrano, según los nativos, al frotarse sobre la piel afectada, se convierte en cura natural milagrosa de la terrible leishmaniasis.

Es admirable la manera como el platanillo se empina y se iguala a los gigantes de la selva para disputarles el astro de su vida, de su existencia y supervivencia. Donde hay platanillo -dice la sabiduría campesina alzada en armas- la tierra es productiva.

Luego de superar poblaciones de carrizos y chuquiales selváticos vecinos de los caños, notamos que el Paisa venía cansado; tan cansado que pujaba como un paujíl en la profundidad de la selva. Resoplaba el hombre con intervalos de tiempo igual que una mula cargada. En realidad Oscar es un espécimen muy fuerte para “volear infantería”, tan fuerte que siempre llega a los puntos de destino, clasificado en los primeros lugares.

Gentil es realmente un hombre gentil y muy afable. Nos alcanzó a orillas de Caño Caribe, sonriendo como si nada. Venía volando. La alegría en él es como un estado permanente siempre en rima con su carácter. Resolvimos acampar en ese lugar para darle tiempo a nuestros ingenieros de construir un puente provisional sobre las aguas tumultuosas. Luego del baño refrescante y de enjuagar las prendas empapadas de sudor, la guerrilla resucitada repasaba entre risas las anécdotas de la marcha. Qué bien se descansa frotando en el cuerpo y en el alma el cosquilleo de la risa. Bajo la atmósfera verde oliva el humo del cohiba al levantar el vuelo dibujaba con los pinceles del aire, nubes dialécticas, de formas vivas, cambiantes, moldeadas por un capricho invisible, que al ser traspasadas por las saetas del sol adquirían tonalidades azules fantásticas antes de disolverse en la nada.

Más tarde, en la línea que separa la luz y las sombras, comenzaba el concierto bullicioso, con todas sus flautas y a todo pulmón, entonado por la multitud infinita de insectos que pueblan la noche como estrellas en el firmamento insondable.

Ya en la hora del sueño sólo se escuchaba el ronquido de guerrilleros cansados como cotorreo en la oscuridad de guacharacas dormidas.

Para cruzar Caño Caribe fueron tendidas como puente dos largas palmas que se bamboleaban como los guerrilleros que caminaban sobre ellas aferrados a un cordel de bejuco para no dejarse arrastrar por las turbulentas aguas. Superado el obstáculo, desembocamos, veinte metros más adelante, en un rebalse tan grande como un mar metido en la selva. Tuvimos que caminar una hora larga con el agua el pecho y los morrales al hombro para alcanzar la costa donde los trochadores habían dibujado un sendero deleznable plagado de charcas, árboles caídos hasta de tres abarcaduras, y telarañas de bejucos. (….)

Al medio día llegamos al Río Itilla empapados de sudor. Tan pronto descargamos los equipos, que pesaban como un diablo llenos de remesa, decidimos resolver inmediatamente la discrepancia que había en ese momento entre la sed y una fresca limonada que nos esperaba. Cumplida esta tarea vital y revolucionaria, escuchamos el parte de normalidad de los exploradores que habían llegado el día anterior al sitio y sobre esa base orientamos construir las caletas y preparar el almuerzo en estufa de gasolina. Cada uno hacía su cama lo mejor que podía. Con madera redonda de 20 o 30 cm de diámetro se arma un cuadro sobre terreno plano, el cual se rellena con hojas de palma para que funjan como colchón. Se le agregan las varas esquineras del toldillo o mosquitero y las horquetas para colgar allí los equipos de campaña. Los que duermen en hamaca la sacan más fácil. Solo tienen que amarrar los guindos de ésta en dos árboles bajo una buena casa de techo impermeable. Ya la gente se estaba bañando y disponiéndose a un almuerzo de pescado recién sacado del río, cuando llegaron los helicópteros del ejército a dañar el buen ambiente. El ruido de las máquinas en el cielo se prolongó por 30 minutos. Desembarcaron tropas, primero a 2 kilómetros de donde nos encontrábamos, luego más cerca, y finalmente en la orilla del frente, al otro lado del río. Por entre los árboles mirábamos muy bien a los artilleros apuntando hacia abajo sus amenazantes ametralladoras desde las ventanas abiertas del helicóptero artillado.

Al ver tan ruidoso espectáculo resolvimos, como medida de seguridad proseguir la marcha, abiertos del río un kilómetro con rumbo 180 para evitar los obstáculos de los rebalses, pues todas las orillas estaban inundadas. A las 17:00 horas acampamos en un caño de aguas mansas, casi mudas. Esa noche fuimos objeto de un ataque nocturno en masa, inesperado y furioso, pero de hormigas arrieras y de comejenes, que destruyeron y tirotearon toldillos, camisetas, equipos de campaña y casas. A través de los agujeros abiertos en los toldillos con el bisturí de corte oval de las hormigas, irrumpió la “manta blanca” de mosquitos microscópicos para rematar su ofensiva frenética.

En las largas jornadas el Paisa había agotado varios frascos de mero macho sobre la humanidad extenuada pero dichosa de Paquita, y lo repartía generosamente entre sus tropas “patunas” que habían cruzado esa tarde los árboles flexibles del caño temblando como equilibristas borrachos. “Oee, Eider, socio, la copita, tráigame la copita -le gritaba al flaco que era su oficial de servicio”. Y ya bien entrada la oscuridad no cesaba el traqueteo de los “amarillitos”, Lulo y Marly, que sin importarles el qué dirán, dejaban escapar su arrullo de tortolitos de 20 años, y su “papi por la noche y en la madrugá”. No importaban las marchas de cansancio físico sobre colinas resbalosas y terrenos anegados.

Al día siguiente, reiniciada la marcha, llegó desde la retaguardia a las manos de Eider una peinilla abandonada en el “campo de combate”. La exhibió con el brazo en alto preguntando por su dueño. Nadie respondió. Iván se preguntaba quién sería el hijueputa irresponsable que la dejó tirada en el campamento del ataque de las hormigas. Pero más adelante, cuando necesitó cortar una vara para apoyarse en el cruce de un caño, instintivamente dirigió su mano a la cintura en busca de la peinilla, pero no la encontró. Las hormigas le habían cortado el cordel que la adhería al cinto.

(….)

El Paisa, Iván Márquez y Jesús Santrich son los rostros más visibles de la nueva guerrilla.

Al día siguiente, mientras los guerrilleros, bajo la pálida luz del amanecer, se echaban al hombro sus pesados equipos para retomar la marcha, nuestros recuerdos fueron visitados repentinamente por el exacto poema de Jacobo Arenas que los comparaba con los caracoles con su casa a cuestas. En el equipo de campaña de un guerrillero no solamente va la casa, que es una carpa impermeable verde o camuflada, sino también la cama, que es una hamaca delgada. En el fondo del equipo bien acomodada y apretada va la “economía”, que es el arroz, el fríjol, la pasta, el azúcar, la sal, el aceite, los enlatados, la carne, etc., todo lo de comer. El peso de la remesa puede llegar a una arroba o más. Un poco más arriba pueden ir remolques de munición, explosivos, la ropa, los radios y equipos electrónicos, Afuera, bien amarradas van las ollas de cocina y la “vajilla”, que generalmente es una ollita de aluminio número 14, que es el “plato” donde se reciben las comidas. Todo esto sin contar el peso del fusil y el de las municiones, pistolas y cantimploras que van adheridas a la reata en la cintura… Lo comentado es solamente el vértice el iceberg porque por dentro de un equipo van muchas otras cosas. Por eso el Comandante Jacobo comparaba a los guerrilleros con los caracoles, aclarando eso sí, que los guerrilleros son bastantes rápidos para caminar.

Marchando ese día pasamos por parajes alucinantes como aquel donde el enorme armadillo trueno excavó su cueva con sus poderosas garras de hierro donde se refugia y donde truena en el fondo de la tierra si se siente perseguido. A lado y lado pasaban enormes hormigueros de congas o de arrieras que parecían pequeños volcanes de cobre rojizos, y también las madrigueras en las peñas donde duermen y descansan tigres y panteras.

Llovía y escampaba y el terreno estaba blando. Al caer Paquita en el pantano -recordando tal vez su pasado de arriera de mulas de Marulanda- expectó furiosa golpeando con su puño el suelo enlodado: “¡gonorrea hijueputa!”.  Con el Paisa -volviendo la vista hacia atrás- nos limitamos a mirarla en silencio en actitud reverencial frente a su enojo. “Es que estoy ciega de la putería”, gritaba.

“Se me había olvidado que esto era muy duro”, explotó Maritza secándose el sudor con el poncho tras una jornada agotadora de 23 kilómetros de marcha a través de una manigua enmarañada y cerrada. Sus palabras nos hicieron pensar que caminar hacia la Segunda Marquetalia no sería nada fácil. Qué dura fue esa travesía enremolinada de más de dos mil kilómetros, evadiendo operativos militares por cordilleras y llanuras, atravesando ríos desbordados, selva virgen, pantanos y raudales.

A José Amalio -que marchaba por disposición del mando cerrando la retaguardia-, aburrido del caminar cansino y lento de algunos de sus compañeros se le ocurrió soltar el embuste de que el ejército venía por el trillo “voleando plomo”. Eso fue suficiente para que los rezagados de la retaguardia capitaneados por Camila y Andrea, en un santiamén, dejaran atrás la vanguardia y a los mismos trochadores. No se les volvió a ver ni en las curvas.

NAUFRAGIO EN EL GUACHINACAL. Navegando en canoa por el Itilla bajo un cielo encapotado, nuestro motorista resolvió, para acortar distancias y ahorrar kilómetros de curvas o meandros de río, penetrar por un guachinacal estrecho, pero no contó con buena suerte pues al entrar en una curva cerrada el motor no pudo controlar ni frenar el pesado bote que terminó con su proa incrustada entre dos árboles en medio de palmas espinosas. De inmediato agua a estribor, y para tratar de nivelar la embarcación movimos todo el peso de nuestras humanidades a babor, y por allí entró un gran chorro que nos fue hundiendo lentamente en aquellas aguas que parecían salidas de un congelador. En segundos ya estaban flotando en el agua los equipos de los expedicionarios, y también en segundos empezaron a ser recuperados por avezados nadadores guerrilleros. Los morrales rescatados eran colocados chorreando agua por todas partes encima de una gran bejuquera. Mientras los náufragos flotábamos con el agua al cuello agarrados a los bejucos, mirábamos, sin poder hacer nada, cómo cajas de cartón, frascos de aceite, bolsas de galletas, gaseosas, bidones de gasolina eran arrastrados por la corriente. Maritza traía en una olla 16, bien tapado, un sancocho fragante con carne de res para el almuerzo -carne que había desaparecido del menú desde hacía varios días-, y a pesar de que Iván de manera premonitoria le había sugerido “armarle viaje” antes de que ocurriera algún percance fluvial, ella se negó rotundamente a esa posibilidad. Consideró el asunto innegociable. Ahora le tocaba mirar con pesar cómo aquella ollita que había sido colmada con sus cuidados cuasi maternales se hundía en las profundas aguas sin remedio. Primero la vida y luego la comida, -fue su exclamación justificatoria. La realidad era caótica hasta que apareció Michín convertido en buzo. Cada vez que se sumergía sonriente buscando el fondo del río, increíblemente sacaba cosas que todavía permanecían en la canoa. Así afloraron huevos que navegaban en la oquedad de madera, botas pantaneras que esperaban fieles su rescate, la olla del almuerzo llena de agua, y hasta una botella de “Old FARC” levantó como trofeo su brazo. Los de la lancha puntera no se percataron de nuestro hundimiento. En medio del desastre, Gabriel, marinero indígena, tomó la iniciativa de moverse a nado por el rebalse y haciendo pie donde podía, poco a poco, logró encontrar tierra firme a una distancia de un kilómetro del lugar de la inmersión. De allí salió veloz en dirección a una vivienda que no hacía mucho habíamos avistado en la margen derecha del río. Hasta allá llegó a solicitar auxilio. Los finqueros, que eran conocidos, le prestaron una canoa grande con un motor 40. Cuando llegó al lugar del accidente ya los guerrilleros hacían esfuerzos para poner a flote la canoa hundida. Esto se logró en pocos minutos. En hora y media ya estábamos de nuevo en marcha por el Itilla arropados por un sol quemante y jirones de nubes blancas. En las riberas, los árboles con el agua a la cintura, parecían formar una calle de honor al paso de aquellos náufragos tristes y pensativos.

Al día siguiente, a orillas de una laguna secamos al sol las armas, las municiones, los equipos empapados, los computadores, los teléfonos, los iPods, los GPS, las grabadoras y los cuadernos… pero aun no era medio día cuando la atmósfera fue invadida por un humo casi invisible con olor a fritanga de chicharrones de puerco. Un poco más allá, en las aguas serenas, un guerrillero sacaba y sacaba palpitantes caribes plateados de la laguna.

Luego de descansar un día remontamos lentamente en falca el río Unilla, caudaloso afluente del Itilla. Varias embarcaciones que viajaban en sentido contrario pasaban casi volando por nuestro lado. Por eso la gente las llama “voladoras”. Tirados en el piso y arropados con lonas evitábamos ser avistados por los civiles de las malocas indígenas y de las casas de los colonos. Caída la tarde las estrellas radiantes de la noche parecían vigilarnos como drones en las rotondas fluviales.

(…)

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A poca distancia de una serranía rocosa rodeada de selva por todas partes donde nace saltando al vacío el río Inírida, el Paisa y Cala cerearon los fusiles de la segunda Marquetalia que estaban desajustados: cada órgano de puntería andaba por su lado. Los puntos y alzas de mira quedaron en sus sitios exactos, bien alineados, listos para batir el nuevo objetivo de la guerrilla que ya no será el soldado ni el policía que respete los derechos humanos, sino la oligarquía excluyente, violenta y vendepatria. Una actitud defensiva que se reserva el derecho a responder la ofensiva agresora. La Segunda Marquetalia no es para quedarnos enredados eternamente en la maraña del monte sino para ir a los centros urbanos con la conciencia rural a aportar nuestro granito de arena a la construcción de los sueños de libertad y humanidad. Queremos que estos fusiles sean garantía de justicia y de una paz sin trampas y sin perfidia. (….)

El Paisa es un buen pescador, pero en esta marcha estuvo muy salado; tan lleno de sal que no pescó ni un caribe, y esto es mucho decir, porque todo el mundo sabe que los caribes enguyen hambrientos todos los anzuelos. Orgulloso mostraba el video de sus jornadas de pesca tres años atrás donde se le ve capturando plateados, amarillos, bagres y cajáros inmensos. Desde el Pato venía prometiendo bagre guisado y alcanzó a generar una gran expectativa en la guerrillerada. No tuvo en cuenta que la pesca del video tuvo lugar en la sequía de un verano anterior donde los peces pican desesperados buscando su sustento y que la de la marcha de la Segunda Marquetalia ocurría en tiempo de invierno y de ríos desbordados cuando los peces en los rebalses monte adentro se nutren copiosamente de alimento animal y vegetal.

Nadie le quita lo bailado. El Paisa Oscar es un pescador empedernido y afiebrado. Mirándolo bien, a distancia prudente, cuando le pica una cachama o lo que sea, sus gestos se parecen más a los de un pitcher de béisbol que a los de un pescador. Cuando el pez hala la cuerda, tira su mano con fuerza por encima de la cabeza y dando un salto o voltereta en el aire queda con el cuerpo virado dándole la espalda al río. Todo un espectáculo de gracia.

Pero cuando las condiciones parecen dadas, y se está sólo en un recodo del río flotando en un potrillo, se aparecen de repente las toninas o delfines rosados danzando y saltando a su alrededor, dejando ver la curvatura de su lomo brillante asperjando por la chiminea de su cabeza el vapor de agua como el humo de los barcos. Parecieran saludarlo; y en efecto lo saludan porque las toninas son amistosas y cariñosas, pero su presencia ahuyenta a los peces. O más exactamente, ellas cuidan su alimento. Y el paisa tiene que regresarse entonces con el sabor agridulce de haber visto en primera fila el extraordinario espectáculo de las toninas danzantes, y al mismo tiempo con la frustración de un pobre pescador sin suerte.

Fuente: Las2Orillas