Aprenda Filosofía poco a poco en cuarentena

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Aporte de Francisco Tomás González Cabañas

Aristóteles, es el corolario de la filosofía antigua, el capítulo final de la primera temporada. Lo curioso es que Aristóteles también se constituye en el primer eslabón o en el primer acto de la obra llamada filosofía occidental o filosofía a secas tal como la entendemos por estos lares.

Aristóteles es el primero que sistematiza toda la vocación griega por el conocimiento o por la sabiduría, de hecho, la hace ciencia, tanto a nivel disciplinar como semántico. En su texto (no podemos hablar de libros, por más que los encontremos como tales en las biblioteca, librerías y tiendas electrónicas) “la metafísica” que es para mí la mejor forma y manera de encontrarnos y por ende de comprender y dialogar con el autor lo deja en claro desde un inicio con “todos los hombres desean por naturaleza, saber”.

Aristóteles nos dirá qué en nuestra composición dual, de alma y cuerpo, la primera gobierna a la segunda y que estamos impelidos a buscar la verdad, como expresión máxima de posibilidad de felicidad en los seres humanos.

A contrario, de lo que tal vez se piensa o se crea de un tiempo a esta parte, tanto para los griegos, como especialmente para Aristóteles, la filosofía como la ciencia de las primeras causas o principios, era la realización más plena a la que por naturaleza podíamos disciplinar nuestra libertad.

No expresamos los términos porque sí, uno de los invaluables aportes de nuestro autor es precisamente, el discernimiento y la categorización con rigor cientificista que aplica para esta, como para todas y cada una de las zonas o campos en donde depósito su aguda mirada, contemplación, para luego, rigurosamente, caracterizar, para ordenar, catalogar y finalmente, definir y sintetizar.

No es de extrañar por tanto que encontremos en la obra de Aristóteles, sus consideraciones puntuales, con respecto a la física, a la política, a la ética, a la retórica o los discursos, la estética, la biología y por supuesto la filosofía que como dirá, es la única ciencia libre dado que ella es su único fin.

Expresada estas consideraciones generales, nos alejaremos unos minutos de nuestro filósofo, para ver su obra en perspectiva, transcurrido los siglos que nos separan de su desandar físico o en el plano mundano del siglo V AC que lo vió nacer.

Explicar los fenómenos de lo uno y lo múltiple, de lo particular a lo general y viceversa es en definitiva, el camino de ida y vuelta, que hicimos, hacemos y haremos todos los seres humanos que habitamos y habitemos esta tierra.

Llamémosla como la queramos llamar a esta experiencia de lo humano, lo cierto es que determinar que somos nosotros, cada uno de los mortales, los que sentimos dolor sí aproximamos las manos al fuego o si nos incrustamos un cuchillo y que por ende esto nos hace parte de lo general, pero que a sí mismo, podemos, algunos, sentir placer sí comemos un chocolate u otro preferir jalea de membrillo, nos hará comprender que sí bien en este caso, ambos gustos no son excluyentes, otras decisiones lo son definitivamente, por ejemplo, el que estemos en este momento dado, comunicándonos por este medio. Yo, quién les habla, podría estar haciendo tantas cosas diversas y diferentes (incluso eso sea nada o estar contemplando mi jardín o echado en el sillón) pero lo único que no podría estar haciendo es dos cosas a la vez que me requieran en espacios distintos al mismo tiempo.

Esto que se conocerá, como dijimos al inicio, con claridad desde Aristóteles, pero que implica todo su contexto de lo griego o lo clásico, como el principio de no contradicción, es una de las posiciones metodológicas para arribar, mediante la intelección de un lugar a otro, arribando a una conclusión determinada.

Aristóteles, como todo lo griego, parte de la noción del sujeto, entendido este como observador, por tanto, el sujeto (un nosotros condensado en el uno), al que llamaremos S construye todo lo observado a partir de sí mismo, es decir utiliza todos los sentidos (con preponderancia en el ver) para luego de la búsqueda, escindir, separar y seleccionar, para finalmente y ya con una metodología, razonada, disciplinar, afirmar o negar algo o todo, lo por este sujeto conocido o por conocer.

Esta característica, que tiene el nombre complejo de lo “apofántico”, es ni mas ni menos lo que nos permite determinar que una cosa sea blanca o que no sea blanca, o que sea negra o no negra, pero nunca negra y blanca a la vez.

Seguramente ya nos dimos cuenta, que esto mismo, es lo que siglos después le discute la física cuántica, al mundo descripto con aquellos principios. El experimento del gato de Schrödinger o paradoja de Schrödinger, mediante el cuál el físico demuestra que el gato puede estar vivo y muerto al mismo tiempo, y la posibilidad de multiversos, es precisamente lo opuesto al universo griego y al monopolio del sujeto aristotélico. Este sujeto es el que contempla, y disecciona al objeto de su estudio, lo llena de atributos y afirma y niega cosas acerca de él.

A diferencia de lo que sucederá después en el medioevo, en donde el acento de lo pensable se deposita o transfiere, a lo que ocurre con el humano antes o después de ser tal, en una consideración divina o condicionada por deidades o por una deidad (dada la prevalencia de las religiones monoteístas en nuestra cultura) y ni que hablar en los tiempos de la modernidad, en donde el pensamiento cuestiona al sujeto en cuanto tal (el nacimiento de la consciencia o como preguntaría Descartes, sí es que podemos fiarnos de nuestros sentidos) o en nuestra actualidad, donde nos empeñamos a pensar las cosas desde los objetos pensables que nos piensan (y ya no que los pensamos nosotros), los griegos se encargaron de asentarse en la constitución del sujeto, como compuesto ilemórfico, a decir de Aristóteles, es decir materia y forma, que surgido de un motor inmóvil (más luego se utilizará como deidad para los que tomaron a Aristóteles como plafón de lo dogmático de lo religioso) que también podría ser fuerza ciega o lo indeterminado (ya expresado por presocráticos como Anaxágoras), ordena los objetos, que bien pueden ser por naturaleza, por accidente (es decir si interviene el sujeto para transformar un árbol en madera que luego será una mesa) o por azar.

Y las causas que constituyen los mismos, son cuatro; material, formal, eficiente y final. Siempre el telos o la finalidad, tiene precisamente el sujeto que la determina (eficiente) entendiendo su forma (formal) y materia, por ejemplo, un cuadro pintado, que es el producto de esas materias primas (tela, pintura), organizadas por el pintor, para darle felicidad estética a los observadores.

Finalmente, en lo específicamente ontológico, como estudio del ser o lo que está más allá de la física (metafísica) la filosofía como ciencia de las primeras causas, estudia precisamente lo que es, y no se trata de una tautología, dado que Aristóteles utilizará todo su discernimiento metodológico y disciplinar, para separar el ser, de los entes, determinando la esencia de lo que es, y sólo será interpelado, siglos después, por Martín Heidegger, cuando se pregunta, filosóficamente, porque ha sido, objeto del pensar y el filosofar, el ser y no más bien la nada (como expresábamos en la modernidad poner en el acento en el objeto que tal vez nos este pensando).

Aristóteles, es quién con claridad pedagógica y catedrática, realiza el primer compendio de la historia de la filosofía, dando un enfoque de todos y cada uno de los que pensaron filosóficamente hasta sus días y sí bien no lo deja manifiesto, su obra en verdad es una respuesta, categórica y clara, pero respuesta o diálogo, a las aporías presentadas por su maestro Platón en formato de diálogo y con el método erístico, con mayor literaturidad y poesía, pero con menos poder de síntesis y de definición.

Aristóteles en sin duda, el fundador formal de este gran instituto en que alegóricamente podemos nombrar, al que asistimos con mayor o menos interés los seres humanos. Este liceo de lo filosófico, tiene al educador o formador de Alejandro Magno, como el primero que instaló la piedra basal, por más que muchas veces nos distraigamos en nuestra epocalidad de como pensamos lo actual, siempre en algún momento, recurriremos a Aristóteles para recordar que el lugar a donde queramos ir tendrá que ver, con el sitio de donde venimos.

La presente es la saga de “Un autor, una mirada”, que propone Francisco Tomás González Cabañas, para que nos encontremos con la filosofía, en sus conceptos como en algunos de sus autores.

La invención de un filósofo

En tiempos en donde lo sencillo se torna complejo de entender y comprender (verbigracia el aislarse para evitar la propagación de un virus del que no se tenía registro en nuestros cuerpos y por ende en los sistemas sanitarios), filosofar siempre ha sido, pensar y sus adyacencias, es decir, criticar, reflexionar, intuir, deconstruir y demás acciones que puedan corresponder en todo caso, a lo que no sea, repetir, replicar, imitar o copiar, para más luego obtener, ulteriormente carreras de grado, máster y posgrados que generen prestigio social, académico, mediático y en definitiva burdo reconocimiento, sucinto y vulgar.

Pero de esto también estamos enfermos, en este caso desde hace tiempo. Hemos dislocado, y reconvertido el desgarrarnos en el pensamiento en la, y de la, intemperie, de los saltos al vacío que nos enfrentan a la esencia de nuestra naturaleza contradictoria e incierta, por arroparnos en el seguidismo de luminarias totémicas de quiénes sí han pensado per se y se atrevieron a dar curso a conceptos que nos ayudan precisamente a tratar de ser más libres, pero que, como precio, exigen a muchos, que en nombre del pensar, dejen de hacerlo precisamente, y se transforman así en meros y autómatas replicadores de pacotilla, en alimañas que comen de las sobras de la obra de esos otros que hacen que los copistas sean algo, simples acumuladores de papeles formales que los llaman licenciados, doctores, certificando precisamente la carencia, la falta, que es, ni más ni menos que la posibilidad de pensar.

Sería muy útil, en la búsqueda que el ahora nos impone acerca de redefinir lo útil (es decir cuán beneficioso resulta en éstos tiempos críticos, el no trabajar, el no producir, el revalidar el ocio productivo, tal como antaño que indicaba que lo nocivo precisamente era el neg-ocio, es decir negar la contemplación creativa y del pensamiento por hacer transacciones y repeticiones de las mismas) que dejemos de llamar filósofos o pensadores, a quiénes esgrimen los resultantes numéricos en las distintas unidades o dispositivos de poder que se llaman facultades o academias.

Serán a lo sumo, licenciados, doctores o cómo se los llame en la fauna de los dogmáticos que transformaron la escolástica conceptual en la escolaridad formal, pero filósofos o pensadores son definitivamente otra cosa, asumen otro rol que no se les puede asignar a cualquiera que en nombre de otros, o por el pensar de otros, saludan con el sombrero ajeno sin tomar el riesgo de poner en crisis y ante la consideración pública, lo que uno piense, intuya o crea.

En caso de que la especie humana sobreviva a una nueva amenaza, de las tantas que enfrentó a lo largo de la historia (habría que definir sí la propia de la humanidad se corresponde con la general del universo), el rol del pensador o del filósofo, será clave.

Es determinante, que llamemos las cosas por su nombre, dado que de esta manera las estamos condicionando y podremos así, más luego, ponerlas en el lugar que correspondan en la lista de nuestras futuras prioridades, que seguramente serán otras de las que teníamos, previo a la llegada de la pandemia.

Ninguno de los aplausos prodigados a los filósofos inventados, deben distraernos de la continuidad de lo único que nos salvará, en nuestro actual desafío, incluso tal vez, o la humilde propuesta, es que profundicemos este camino de separar, lo que desde la antigua Grecia, se planteaba como la vía para estar más cerca de lo que ellos consideraban la verdad o la posibilidad de esta misma.

Los viejos sofistas, como los virus actuales, copiaban, imitaban, las formas y los modos de otros, para evitar pensar e ingresar, invasivamente, mintiendo, transfigurando sus intenciones de verdad, para multiplicar los agasajos recibidos y por ende sus cobros, y hacer creer al resto, que en ellos anidaba un poder especial y determinado, una vanagloria, insensata, egoísta y contrapuesta, a la manera que tenemos de enfrentar, precisamente, a los agentes patógenos, a los virus que engañan a nuestro sistema inmunológico, para repetirse exponencialmente, y terminar enfermando gravemente o matando a los cuerpos invadidos, discernir los roles, llamar a las cosas por su nombre y ser solidarios y razonables, para entender y comprender que la facultad de pensar la poseemos todos y cada uno de los existentes, es la mejor, tal vez la única manera, de enfrentarnos a quiénes y de quiénes, debemos estar aislados, distanciados socialmente, dado que tal como los virus enfermizos, no vienen con buenas intenciones, buscan los títulos, los aplausos y la supuesta gloria de las formas (la repetición automática de estas) a expensas de enfermarnos, de no dejarnos respirar, y por ende de ponernos en riesgo de muerte, simbólica, real, orgánica y filosófica.