DAGUA, JORGE ISAACS Y “MARÍA”

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Nos honramos en publicar su excelente obra literaria que recrea la vida integral humana, intelectual y bucólica de Dagua desde mi Refugio Sterling en los Farallones, desde el Río Jordán hasta allá abajo en el bello y brioso Río Dagua por donde lo consuetudinario, el arte, la poesía, la literatura que cultivamos en pro de la Vida Digna y los Derechos tal como coincido con el paisano escritor Abogado Dagüeño Alberto Montoya nos hacemos así más ricos y felices con las Letras que juntos profesamos.
Athemay Sterling

En el día de mi Cumpleaños quiero regalarles a mis amables lectores este relato romántico del paisaje colosal de mi tierra dagueña.

DAGUA, JORGE ISAACS Y “MARÍA”

Por Alberto Montoya Montoya

En una tarde esplendorosa de verano, siendo un 15 de julio de 1864, se encontraba Jorge Isaacs, Sub inspector de los trabajos del camino a Buenaventura; contemplando extasiado con inexpresable ternura y divisando con límpida sutileza el cañón del Dagua, conformado por una formidable barrera de montañas atornasoladas de azul y verde y, por una naturaleza sollozante cubierta de nieblas sobre esas cumbres excelsas de los montes. En ese impresionante y solitario horizonte, abrumado por la belleza del paisaje, que surgía ante su vista, como descifrando un enigma, se encontraba el bate, creando y soñando con una deslumbrante esplendidez emprendedora, con un lirismo desbordante, convirtiendo ese óleo natural, en un molde inspirador de lo que sería una de las novelas románticas de la literatura universal: María.

En Dagua, en esta tierra nativa, en la que el paisaje es como un verso de poesía que se crea a sí mismo; en este pueblo de agrestes y verdes montañas y, cielos de azules mantos que tienen por lindero el horizonte, en este suelo fecundo y, perfumado por el aroma que exhalan las flores silvestres y, cuya perspectiva sirvió de inspiración a Isaacs, para su María; en una creación estética, armónica y dialéctica de la vida cotidiana de la raza vallecaucana, de esa estirpe trashumante y soñadora que no se rinde ante la adversidad. Esa tierra de montañas azulosas y ríos fue la que lo predispuso a abarcar, al poeta, lejanías en el espacio y en el tiempo.

Los bosques dagueños dotados de un panorama espectacular, revestidos de una majestad y donaire por su diversidad de tintes y profusión de aromas que hacen de esa selva un grandioso y solitario paraje; desde esas cumbres azuladas y desde los peñascos coronados de chontas, estaba Isaacs, mudo ante tanta belleza. En esa tarde primaveral, bajo aquellos montes de azules prendas y, ante la fuerza exuberante de aquella naturaleza incomparable, pasaba el vate, las horas más felices de su existencia. Al contemplar ese espectáculo aleccionador, pensaba que las magnas preciosidades de la creación no pueden a un tiempo ser percibidas y entonadas. Una tarde como esas, como las de mi pueblo, engalanadas con arreboles agonizantes del ocaso, reflejaban un panorama encantador que lo hacía enmudecer por un instante.

La brisa traviesa y caprichosa de la tarde que se extingue y se apaga, su sonido natural, el olor a la tierra humedecida de los bosques y de las plantas en floración, ese aire vivificador de la montaña de los Alpes dagueño, era una belleza natural que encantaba, subyugaba y fascinaba al genial poeta caleño. Esa vista con sus colores violentos, solo se disfrutaba escalando sus montañas. Desde esas alturas, donde se observan los horizontes incendiados por el sol, con resplandores color de topacio, en esa luz tranquila y reposada del sol de los venados, en lejanas tardes que jamás volverán; Isaacs, meditaba como evocar al Valle, idealizándolo como la esfera idílica en que transcurrió su juventud.

Ese formidable símbolo de la naturaleza que es el paisaje crepuscular de las montañas de mi tierra nativa, y los resplandores que se proyectaban hacia el occidente, ofrecían a los ojos del bardo, en esos atardeceres hermosos, una sinfonía natural, encantadora, pura, sublime, que hacía latir su corazón con mayor intensidad. Ese cuadro natural eterno, inmenso, soñador; era el espejo en el que se miraba el escritor. Las altivas montañas de El Rucio, El Naranjo, Loboguerrero, La Yolomba, La Chapa, Atuncela, Santa María, El Limonar y las cumbres de La Elvira, con sus árboles majestuosos y sus parajes antroponaturales y sus bosques subxerofíticos y su cielo encapotado de azul de diversos matices, formaban un oasis de verdor, una geografía del alma, que convertían a la naturaleza en la mejor maestra de la verdad y en el arte exquisito, profundo y verdadero diseñado por Dios.

Ya más tranquilo y sosegado, luego de una peligrosa travesía por el camino de Juntas, se encontraba el poeta, observando atento, las verdes pampas encantadoras, de una aldehuela llamada Papagayeros, con sus haciendas del Dagua y de Papagayeros; propiedad antigua del Alférez Real, Nicolás de Caicedo H., y posteriormente, por ventas sucesivas, pasa a manos respectivamente, de Don Lorenzo Puente y, Juan Antonio Tello. Estas Haciendas, estaban situadas en un terreno disímil y montuoso entrecortadas de rastrojos y potreros ondulados, dotadas de abundante y espléndido ganado; antes tierras pertenecientes al cacicazgo indígena de Dagua, habitado por los Papagayeros, llamados así por los españoles, a raíz de los atuendos adornados con plumas de papagayos.

Papagayeros, con su aire refrescante y su verdor hacia el horizonte lejano, se convertía a los ojos de Isaacs, en un ameno paraíso que deleitaba por sus paisajes fantásticos y volubles cambiantes de luz, convertidos en un jardín que la aurora embellecía, enrojeciendo el horizonte en un vaivén de eternidad y de infinita majestad, con sus árboles plenos de verdura, situados en esa gran cadena de montañas, que imponentes se elevaban ante sus ojos. Abajo, en la hondonada sonaba el rio Dagua, con su curso tranquilo y sosegado, invitando a bañarse en sus charcos de Calaveras, La Honda, La Gran Colombia, El Muerto y El cura o en las aguas puras de la Quebrada Cogoyo.

En ese apacible Edén, el poeta observaba los ardores del sol que se extinguían en una roja tarde de estío escuchando distraído la voz efímera del viento que venía de esas imponentes montañas. Observaba las pocas casas que conformaban esa aldehuela con sus solares cercados de palenques de guadua y rodeadas de palmas donde anidaban los coclíes. Bajo un sauce taciturno, saludaba entusiasmado a las muchachas bellas y seductoras que le coqueteaban. Desde ese día pensó, que esas mujeres son blanco de la saeta de Cupido y, que nada había como las jóvenes de la tierra dagueña. Con esa mente y alma soñadoras y, con un sentimiento de ternura, exteriorizó y modeló la historia inolvidable de un amor trágico que ensombreció eternamente la vida de Efraín, por el triste suceso de su amada María.

Isaacs, impasible, perseverando en su tradición romántica, bajo su pujante personalidad, como quien afronta un destino insoslayable, en un crepúsculo inalterable y colmado de madurez, tomaba nota de la que sería su más brillante creación literaria. Temeroso de no extraviar esa ruta, recopilaba en su memoria de manera espontánea y nostálgica los recuerdos más cautivantes de su existencia, patrimonio de su pasado; para combinarlos con la exuberante naturaleza que se presentaba ante sus ojos. El talento que quería exponer en su obra, era precisamente, el de su vida. En esos fulgores literarios, quería expresar y exaltar el ingenio de su imaginación.

Suspirando, alzó los ojos al cielo azul, pensando en las virtudes de las cosas pueblerinas, sencillas, honestas y simples y, que, en ese paisaje, donde se juntan en espléndida expansión las apasionadas bellezas naturales y, la tierra que ofrendó hermosas mujeres, en esa fecunda comarca, con un clima de perpetua primavera, donde el perejil, el poleo, la manzanilla y las albahacas, mezclan sus olores y donde las aves cantaban revoleteando en los ramajes de los árboles nativos como los naranjos, los pomarrosas, los manzanos, las encinas, los peros y los castaños y, ante el sonido chillón causado por la greguería de los loros en los guaduales y, de las guacamayas ocultadas en los ramajes de los cachimbos y, el grito penetrante del pajarero; agradeció la hospitalidad generosa de los pobladores de la aldea, expresión genuina de la raza colombiana.

A esas horas de la tarde, las vacas bramaban y las aves domésticas alborotaban el lugar. Isaacs, observó la muchachada solazándose, recogiendo guayabas y mangos de sus árboles predilectos. Llamó a sus colaboradores que alistaron los caballos, especialmente el potro alazán, y se despidió de los hacendados y de los pobladores del lugar. Consideró que ya había descansado lo suficiente para seguir su camino hacia Cali, la muy noble y leal ciudad, a su casa de El Peñón. Detuvo por un instante la mirada, para percatarse de las extensas dehesas con ganado vacuno y caballar que dejaba a su paso. Rebosante de ilusión, recogió el morral que lo acompañaba, donde guardaba sus apuntes que compendiaban la exacta conexión espiritual con el paraje de la selva, los valles y la vegetación exuberante y altiva que percibió en ese trayecto hacia Buenaventura.

Bajando una montañuela, escuchó el rumor del rio Dagua. Siguió su ribera, aguas arriba, internándose por las crestas de la cordillera, hasta llegar al sitio donde la Quebrada La Española, deposita sus aguas. El canto de las mirlas, el trino de los turpiales, el revoleteo de los pellares y la voz de ese arroyo que se despeñaba por entre los verdes collados de El Limonar, generaban un ambiente cálido y agradable. Desde ese sitio, divisó hacia el cerro de Santa María, las nubes que se tocaban en el confín del horizonte azul. En esa escena soberbia, bajo el sol que se marchitaba apagando el resplandor del día, logró captar como la neblina cubría por entero, esas montañas misteriosas e imponentes de ese bosque seco tropical, maravilla de la naturaleza.

Taciturno y pensativo, a la sombra del ínclito samán, no se dio cuenta de que el sol se había ocultado y cuando levantó su mirada observó más oscuro el horizonte, levantándose la luna llena en plena noche azul de verano, luciendo su brillantez e iluminando distantes montañas. Bajo ese deslumbrante pabellón de la noche, pensó serenamente, que la soledad es la mejor compañera de la creación. En ese silencio taciturno, y en el rumor de la selva, esplendían las luciérnagas errantes su luz fosfórica acompañadas del canto gozoso de las chicharras, del graznido de los búhos y, del grillar de los insectos nocturnos, haciendo palpitar intensamente la vegetación tropical. Los resplandores amarillos de la luna, se asomaban sobre los montes, argentando sus cascadas en la espesura de esa espléndida noche dagueña, engalanada con las refulgencias del estío.

En esos umbrales de la noche muda, cuando las sombras huyen y se agiganta la iluminación de las estrellas, la luna se proyecta como una lámpara en un cielo cándido de errantes soñares y, bajo una brisa fría que arrullaba la vegetación espesa de la selva, Isaacs, en esas horas lentas y calladas, gestaba el romance idílico de su María. Allí, en esas selvas de mi suelo nativo, el vate soñaba amores como todos los amores, en espacios románticos y solos; espacios de la noche que abre sus perspectivas en los insondables silencios del vacío al signo de un cielo estrellado, en que arde un lucero con mayor intensidad en el azul distante. En esa hora sutil de delicioso encanto y, observando el fondo del crepúsculo lívido, parecía en esa clara imagen, que las estrellas del mundo sideral se acercaran a alojarse en la tierra, que orgullosa lo albergaba.

La misma luna, con las mismas estrellas, encendían su fulgor, como efímeros meteoros de la noche oscurecida o, como tímidos cocuyos encendidos. Esa mágica noche, de un silencio beatífico, con sus solemnes nubes de fantasma que tenía por lámpara la luna y, por arrullos las exhalaciones de las auras en el bosque de El Limonar, eran una expectativa de buen tiempo. Isaacs, miró ante la bóveda diáfana del cielo, que las perspectivas de las estrellas Alkaid, Mizar y Alioth en la cola maravillosa de su colocación, le permitían observar absorto la Osa Mayor. En esa ensoñación voluptuosa, observó sin turbarse, el comarcano rio, con su vega luciente y cristalina, donde rodaba impasible, tranquilo y perezoso, por los hermosos campos de mi tierra, que invitaban a vivir eternamente.

El espectáculo de la hermosa naturaleza, rememoró en su mente, la salida de Buenaventura hacia Papagayeros. Desde el caserío Juntas del Dagua, el rio era navegable en su mayor parte, hasta su desembocadura en el mar. Ese trayecto, lo cubrió el poeta en una piragua larga y estrecha, ayudado por dos expertos guías, que, navegando contra la corriente, colocándose a proa y a popa de la piragua y haciéndola avanzar, sostenidos por un remo y una pértiga, que manejaban con admirable destreza, no tuvieron dificultad alguna en un curso tan sosegado y tranquilo. El cauce por ese sector, era ancho y profundo con una selva donde crecían árboles imponentes como el mangle. En esa selva inhóspita, era frecuente observar la culebra mapaná, el tatabro, el cusumbo, la guagua, el guatín, el venado, la danta, el pecarí, el conejo, la sabandija, la araña, la tarántula y el tigrillo.

En La Delfina, brotaba un limpio riachuelo del corazón de la montaña, que desembocaba a las impetuosas del Dagua. Más adelante, nuestro emblemático rio se regocijaba con el encuentro del rio San Cipriano. Las brisas del Zabaletas, con sus fríos vientos, mecía los cañaverales y los frondosos platanales. Traían esas brisas, los aromas de la montaña, en donde el Zabaletas bajaba formando húmedas vegas. De esas selvas inmensas y vírgenes, se escuchaba el canto fastidioso y desentonado de los bamburés en los manglares velados de los cercanos esteros. Al continuar el recorrido por esa selva de soledad agreste, se escuchaba el canto del paují y, el trino doliente de las chilacoas. Por el sesgado cauce del rio, cubierto de hojarascas y maleza, en esas vegas montuosas, mecían las guaduas sus curvados plumajes. Un tálamo de peñascos dotados de musgos, adornados en la ribera por iracales, helechos y bambúes de amarillos tallos, bajo un techo de pancas, los buitres agitaban sus plumajes y graznaban en las enramadas.

En un sitio llamado El Salto, después de haber salvado diversos raudales, por las corrientes tan impetuosas y tan rápidas que hay que sortear, era preferible sacar la piragua del agua y transbordarla hasta el depósito del gobierno, llamado la bodega, donde la policía del rio controlaba la navegación. En esa zona, Isaacs, sufrió los ataques de los mosquitos causantes del paludismo.

Por un momento, recordó la peligrosa excursión por las altivas lomas de Juntas, en la confluencia del Dagua y del rio Pepitas, en medio de estas espesuras y de estos bosques densísimos, había caminado por unos desfiladeros interminables y peligrosos; ruta del comercio del oro que se extraía de sus montañas de bosques espesos y altos, enmarañados de diversidad de árboles con una vegetación exuberante y majestuosa como la milpesos, la palma de chonta, las besucadas, las trepadoras, las parásitas, el naguare y el piáundele que eran los árboles que se consideraban los reyes de la selva. En Juntas, sufrió los rigores de una caminata difícil por un sendero estrecho, en donde, el paso con las mulas, por unos sitios encajonados, eran tan complicados, que las mismas mulas se hundían hasta el pecho. Era una lucha constante, no solo contra ese arriesgado camino, sino también contra las tormentas acompañadas de furibundos truenos.

El rio Dagua, de límpido caudal, que riega y fertiliza los campos de sus pequeños valles, cruzando el cañón extenso y reposado, recibe muchos tributos por sus caminos de un monte silencioso. El trueno de su raudal, por su afanoso viaje, en algunos trayectos se convierte en corrientes tumultuosas que cruza un infierno verde. Ese plumaje fluvial, lo invita para convertir El Amaime en un rio estruendoso que coloca en peligro la vida de Efraín, cuando éste sale en busca del doctor Mayn, para que de urgencia atienda a su amada María. Ese paso del Dagua, por las sombras oscuras de la selva, modela sensitivamente su anhelo, para compendiar su novela romántica que le daría fama. En un paso sollozante del rio, observa la Viragua entonando un trino quejumbroso y, cerca de esa ave cantora, un grupo de cuncunas, que, en las sombras de un Cachimbo, muestran su color morado y sus patas rojas y largas ante una naturaleza selvática, cruel e impasible.

En el puesto denominado “Juntas del Dagua”, luego de haber descendido de El Rucio por el rio Pepita por un áspero camino que escoltaba ese repecho hasta su desembocadura en el Dagua, se llegaba a esta aldea habitada por mercaderes de la ciudad de Cali, que iban en busca del oro, ingresando a unos bosques impenetrables y, sufriendo privaciones por la escasez de víveres. Desde Las Juntas, se remontó el rio por un boquerón estrecho, serpenteando sobre los flancos a alturas vertiginosas, en un trayecto que duró aproximadamente dos horas hasta llegar a Naranjo. Después de cruzar ese sitio se atravesó por una comarca entrecortada de rastrojos y potreros ondulados llamados Hojas, de donde se divisaba el caserío de Papagayeros, sitio en el que había abundante y hermoso ganado, repartido en varias haciendas, propiedad de las familias: Reza, García, Montoya, (Herederos de Domingo Montoya, primer Alcalde Pedáneo que tuvo Dagua), Paz, Collazos, Perlaza, Vergara, Ramos, Ramírez, Tello, Sanclemente, Robledo, Camacho, Saa, y Zúñiga, entre otras.

Isaacs, consciente de que el paisaje sustenta los vestigios del pasado, reconstruyendo recuerdos, ante quienes poseen memoria para remembranzas; resolvió despertar de sus memorias y, en ese paraje de La Española, lujosa con la luz que entonces la bañaba, moviéndose sin prisa y sin pausa, acudió a su insondable y absoluta capacidad de concentración, para sacar fuerzas de voluntad y de energía, con el objetivo de proseguir su camino montaña arriba, por un atajo, cruzando un sector llamado La Barragana, de la Hacienda El Bono, hasta El Limonar, donde había sido invitado por las familias Vergara y Reza, a solicitud de José María Vergara y Vergara, quien en esos momentos, residía en Popayán con su esposa Saturia Balcázar Castrillón y, en ese mismo año 64, había publicado varias poesías de Jorge Isaacs, en la Imprenta el Mosaico.

El convidado, llegó a la Hacienda que estaba situada a orillas de la Quebrada La Española, siendo recibido por Perfecto Elías Vergara y su familia, que a esas horas de la noche habían alumbrado con velones y teas un patio inmenso cerca de una gigantesca ceiba, y junto a ella, un inmenso comedor vestido con un mantel blanco de lino, donde habían servido una elegante y exquisita cena, acompañada con botellones de vino español. Fueron atendidos por varias esclavas, unas encargadas de cocinar y otras que repartían los exquisitos manjares que se habían cocinado, como sopa de torrejas y de tortilla, acompañada de arepa de maíz, pan de leche, carne y maduros asados, tostadas de plátano, yuca frita, arroz cocinado en manteca de cerdo, masas de choclo tierno, comida toda que se pasaba con vino o con agua de panela. Como postre se sirvió el manjar blanco acompañándolo con agua pura de la cañada El Bono.

Ante la hospitalaria sombra de la ceiba secular, estaban reunidos en la mesa principal, Jorge Isaacs; Perfecto Elías Vergara y su señora esposa Antonia María; José Amador Reza y señora Leonisa Vergara; Marcelino Montoya y señora esposa Concepción Ramos, todas familias de ilustre estirpe y, agentes de la mejor tradición literaria y poética del Valle del Cauca, emparentados con el poeta Cesar Conto, primo hermano del ilustre visitante Jorge Isaacs. Prevalidos del entrañable afecto que los rodeaba y poseídos del más puro idealismo, unidos en una indestructible confraternidad, conversaban amenamente sobre la excursión de Isaacs por el Dagua, donde el poeta había sentido la vibración de la nativa selva, auscultando las palpitaciones de tan misteriosas sendas. Soñando en las negras sombras de las noches con sus faldas vagarosas, en esas lóbregas y mudas oscuridades, percibió aterrado el peligro mortal que lo acechó en ese territorio oculto lleno de serpientes y murciélagos vampiros y, que logró captar en lo que sería su novela sobre esa selva taciturna y profunda.

Un búho ululador chillando agudamente bajo el ensueño de la luna, llamó la atención de los presentes, quienes, por un instante, suspendieron su amena conversación. Perfecto Elías, orgulloso de su ascendencia y vigilante del decoro y el prestigio de la familia, por imperativo vital y en la creencia firme de los ideales, agradeció la presencia estimulante de Jorge Isaacs y emotivamente homenajeó la palabra castiza, ponderada y justa del huésped de honor. Los Reza y los Montoya, fueron testigos de aquel espectáculo de la inteligencia.

Al pensar en esas dimensiones, estas familias han requerido de poemas para perfeccionar su existencia. Un sueño, nacido de otro sueño, para hacer de la vida una obra maestra, para construir con devoción un insobornable verso. Esta tierra limonareña que nos ama, se observa cada día en nosotros, en sus montañas, en sus flores, en el sonido del viento que viene de las inmensas lomas de Santa María y de las estrellas fulgurantes que se reflejan en nuestros ojos. Esta poesía basada en la contemplación del paisaje, es síntesis mágica, para que el hombre se convierta en poeta. Así se inicia la poesía, con la intensidad del alma campesina.

Ya cansados de la tertulia, Perfecto Elías, condujo a Jorge Isaacs y a la comitiva acompañante de oficiales auxiliares, que se incorporaron desde el Boquerón de las Juntas, a las habitaciones, que se habían destinado a los invitados. Se acordó con Jorge Isaacs de levantarse temprano para visitar a las aldeas de El Chilcal y Santa María y, de ese sitio, bajar hacia el Salado. En esa habitación cuidadosamente arreglada, melancólico y triste recordó la pérdida de la hacienda El Paraíso o Casa de la Sierra, que había pasado a manos de la familia Gutiérrez Arango; originada por los problemas económicos de su padre Don Jorge Enrique Isaacs, debido a la debilidad por el juego y el alcohol. En medio del desplome moral, su mirada aportaba el testimonio doloroso de no poder volver a contemplar complacido, ese paisaje natural, con sus colores violentos, puros, deslumbrados y audaces de tonos azules, encantadores y plácidos. Con esa evocación y, ante el cansancio de las jornadas anteriores, se fue durmiendo sosegadamente con la ayuda de la frescura del lugar.

En la apacible penumbra romántica del amanecer limonareño, ante un cielo radiante de la mañana, se abría el día fascinante sobre el costado azul de la montaña, avanzando la aurora, descorriendo lentamente las sombras de la oscuridad. El canto de los gallos era una señal, para que el cielo se aclarara y surgiera la abrumadora hermosura del paisaje. Esa belleza misteriosa, era pura exhalación de la naturaleza. La estrella solitaria de oro encendido, se iba perdiendo en el horizonte del cosmos, para darle su paso al radiante sol, que dichoso argentaba las flores henchidas de rocío. Cuando Isaacs se despertó, se encontró con ese panorama, que le enseñó a modelar su poesía. Esta tierra atractiva de bellas y fragantes flores donde se mecen juguetonas las oropéndolas y en el que el huerto muestra sus rosales, las bromelias, los blancos lirios, los claveles y las orquídeas, lo alentaron para pensar en ese fantástico mundo, que hace de la naturaleza una epopeya.

La preciosidad del colorido que alcanzaban los árboles y el constante graznido de las aves y de los gansos, la vacada rumiando en el corral, el cacareo de las gallinas, el raudal de las murmuradoras aguas de la Quebrada, le recordó el paso por las haciendas de su padre La Rita y La Manuelita, las que no pudo disfrutar más por la quiebra económica que sufrió su progenitor. Recordó así mismo, la defensa vehemente de sus derechos, por parte de José María Vergara y Vergara.

Esas lágrimas de nostalgia por el dolor y por la admiración, fueron las que cimentaron las turbaciones para generar su poesía. Una aglomeración de pájaros como el turpial, la mirla, el azulejo, titiribí, el canario, el colibrí, el pinzón, la calandria, el toche, los pellares, los coclies, el elo jilguero, sinsontes, garzones azules, turpiales y el tucancito rabirojo, todos de variados tonos, trinos y gorjeos, jugueteando entre la espesura del bosque, en un continuo movimiento y susurro; irradiaron el atractivo de su vida errante por tierras extrañas, que sembraron en su mente consideraciones insondables, sobre lo magno e incomprensible de la pastoril y primitiva naturaleza.

Desde la ventana de la habitación de huéspedes de la casa solariega y blasonada con el recuerdo de los años, Isaacs, observó el ir y venir de los esclavos de la hacienda, muchos trabajando en la recolección del café naturalizado del bosque, luego lavándolo, secándolo al sol para prepararlo para la molienda. De la cocina se percibía el aroma puro del más exquisito café que invitaba a tomarlo en esa fría mañana. Isaacs, se dirigió a la cascada natural para tomarse un baño y, allí sintió una deliciosa sensación de alivio por los masajes que le propiciaban las fuertes aguas cayendo sobre su cuerpo. Luego de vestirse y alistarse para la cabalgata saboreó un exquisito tinto y se dirigió al comedor auxiliar donde lo esperaban Perfecto Elias, Amador Reza, Marcelino Montoya y sus señoras y familias para tomar el desayuno.

El Bono, era una hacienda que había copiado en pequeña escala el modelo de las haciendas más importantes del Valle geográfico como las Cañasgordas, Meléndez, Cañaveralejo, Puente de Palma, San Fernando, La Buitrera, Los Ciruelos, Arroyohondo y Mulaló. En esa región del Dagua, se encontraban además las haciendas del Salado, Platanares y la ya citada del Dagua. En las mesas dispuestas para los comensales había abundante carne de cerdo, leche, huevos cocidos y fritos, mantequilla y bandejas con asaduras, chunchullo, plátano, arepas de choclo y de maíz, buñuelos, chocolate, café y un manjar que sorprendió a Isaacs: el famoso pan de la hacienda de Bono o pandebono, que se sacaba por cantidades de los hornos que se habían construido para su preparación.

En esos momentos, los rayos del sol incendiaban de un color radiante las montañas todavía envueltas en neblina, unas veces abriendo los cielos y otras cerrándolos. Esas colinas, que Isaacs, observaba y se elevaban imponentes hasta las nubes, escuchando el silbido intemperante del viento y el vuelo incesante de las pavas, paujiles, perdices, chilacoas, totitos, compases, carpinteros, hormigueros, saltarines y azulejos, que iban y venían por el bosque tupido que los rodeaba, ofrecían una distracción maravillosa, donde la arboleda le hablaba de su María. Allí, se la imaginó con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules, regando el hermoso jardín que se denunciaba ante su vista.

La voz de José Amador lo sacó de su deleitosa imaginación para acceder a la conversación, que en ese momento se iniciaba, sobre el famoso pan de la hacienda El Bono o pan de maíz añejo. Observó como Leonisa, Leopoldina y Mercedes con manos maestras lo amasaban en roscas o en tiras cortas y, los colocaban en unas latas construidas para ingresarlas a los hornos de leña, hasta que ese amasijo quedaba listo, envolviéndolo en hojas de plátano para su consumo. Probó con agrado el pandebono y lo pasó con sorbos de café caliente, maravillado por tan delicioso manjar; orgullo de la tradición de la familia Reza, adquirida de sus ancestros persas.

José Amador Reza, orgulloso de sus orígenes, diletante relataba la historia, las costumbres y la cultura de su pueblo iraní. Citaba ciudades como Samarcanda, Constantinopla, Isfahán, Trebisonda, Persépolis, Pasargada, Sultaniya, Teherán y sus montañas cubierta de nieves eternas como el Tauris Tabriz. Presuntuosamente afirmaba que su familia provenía de la dinastía Safávida, gobernada por el más ilustre monarca llamado el shah Abbas, El Grande, que había gobernado a principios de los años 1600. Así mismo, hablaba sobre el traje de los persas, su música y las famosas fiestas de Isfahán. En esa historia, no omitió citar los relieves sasánidas y otras ruinas y monumentos de la Persia antigua, así como sus famosas alfombras. Sobre los gobernantes en la sucesión de los tiempos mencionó a Zoroastro, Ciro y Ardesir, Firdusí, Sáádi y Hafiz.

Afirmaba jactancioso, que la Persia es el país del pan. Allí se horneaba desde hace más de 7000 años elaborándolo con una gramínea llamada la espelta o escanda, similar al trigo destinada a las clases pudientes. Los imperios egipcio y chino la utilizaron por el reconocimiento de sus múltiples cualidades nutricionales. Recordaba también el uso del pan de pita relleno de queso o el taftun, llamado el “pan de cada día”, debidamente horneados que se acompaña con todas las comidas. Por esa experiencia heredada de su pueblo, preparó pan con almidón de yuca y maíz, queso molido, mantequilla y azúcar y de esa combinación se originó el pandebono.

José Amador Reza y Leonisa Vergara, procrearon a Genoveva Reza, María Antonia, Beatriz, Luisa Adelaida, Celia, Olga y Ana Isabel. Genoveva se casó con Francisco Montoya y, de esa rama, nació una familia de educadores y férvidos poetas, a saber: Jorge, Efraín, Luis Hernando, Bertha Susana, Pedronel, Alberto, Graciela y Teresa. Esta familia, precisamente es la cultivadora de la tradición del pandebono.

Nunca se imaginó José Amador Reza, que ese pan, se constituiría en uno de los manjares más deliciosos para ser degustado con café, chocolate, té y, que se vendería por la ciudad de Cali, a finales del siglo XIX. De la hacienda El Bono, todos los días se enviaban peones a venderlo en canastos cargados al hombro o a lomo de mula, anunciándolo como el “pan de la hacienda de El Bono”. Esa tradición familiar la heredó Genoveva Reza de Montoya, quien en sus hornos de El Limonar y Dagua a principios y mediados del siglo XX, los preparaba y les enseñaba a sus hijos la receta y el modo en que se realizaba la hornada. En los años 50, Luis Hernando Montoya Reza y su esposa Alicia Guevara, fieles a ese legado, internacionalizaron el Pandebono en su negocio Tardes Caleñas, al frente de la Plaza de Toros, en la ciudad de Santiago de Cali. En ese sitio comercial, los clientes hacían largas colas para adquirirlo, especialmente el que preparaba sus hijos: Francisco, Gustavo Humberto, Nidya, Genoveva y Enrique, que eran unas tiras largas deliciosamente horneadas que se degustaba con gaseosa.

En la ruta Cali, Buenaventura, los buses de las flotas Magdalena y Expreso Palmira hacían sus paradas en Dagua en sendas estaciones organizadas para ese descanso. Una estación estaba a cargo de Teresa Montoya y, la otra, a cargo de Jorge Montoya Reza, atendida por su hijo Carlos Montoya Paz. En esos sitios, se vendía un delicioso pandebono de rosca a los pasajeros de ese trayecto. Raúl Montoya Montoya, prepara en la actualidad el pandebono para degustarlo con su familia. En la Hacienda El Bono, la tradición continuó con don Pedro Collazos Rodríguez y hoy con su hijo Pedro Collazos, quien atiende a la clientela desde 2017. Gustavo Humberto Montoya Guevara y su esposa, Martha Lucía Quintero Escobar construyeron en el kilómetro 26 en Dagua, una sucursal de Tardes Caleñas para ofrecer a sus visitantes colombianos y extranjeros, el natural y auténtico pandebono, legado de la familia Reza Montoya.

Regresando al pasado, nuevamente toma la palabra Amador Reza, para expresar que la familia Reza, llegó a España proveniente de Irán antes de que los expulsaran en el año 1609. En esa reconquista, se vieron forzados a emigrar, unos a México y otras a La Nueva Granada. A México llegaron en 1570, Antonio de Guerra Reza, que venía de Castilla La Mancha en compañía de su hijo Juan, quien se casó a los tres años siguientes con Ana de Zaldívar. Esta dama era descendiente de los Zaldívar y los Mendoza de Salazar que eran vascos ricos y quien junto a los Oñate fundaron la ciudad de Zacatecas. Esta estirpe procreó tres hijos: Antonio de Reza y Ana de Zaldívar, Juan Guerra de Reza, Diego de Reza, Vicente de Zaldívar y Reza. Estas familias se extendieron por Zacatecas, Durango y Chihuahua. Los que se dirigieron a la Nueva Granada fueron los ancestros de Miguel Antonio Fernández de Navia y Reza Montoya y sus hermanos José Joaquín que era presbítero, María Francisca, Nicolás y María Martina Reza y Montoya, quienes residían en Popayán en los años 1743.

Afirma que fueron musulmanes conversos al cristianismo, sin que tuvieran que abandonar su cultura, su lengua, sus costumbres. Coloca como ejemplo, el caso de Zaida, que por su amor a Alfonso VI, se convirtió, tal como lo cuentan los cantares de gestas. En siglos posteriores, los mudéjares y los moriscos como mozárabes se vieron forzados a renunciar a sus tradiciones. Como consecuencia, de la reconquista española, muchos árabes y musulmanes abandonaron las tierras españolas para emigrar hacia el virreinato de la Nueva Granada.

Perfecto Elías, interrumpe la conversación para ordenar a sus peones que alistaran la yeguada, la cual pastaba en un valle cercano en medio de las colinas verdes, en el preciso momento, en que se asomaba el sol mañanero. La caballeriza de la hacienda era numerosa y estaba catalogada como la mejor de la región. Perfecto Elías Vergara y Amador Reza, les ordenaron a los ujieres de arriería que les trajeran a sus caballos, el macho rucio y su castaño coral. Marcelino Montoya, pide al raso negro y Jorge Isaacs su caballo negro. Los peones ensillan los caballos de los invitados pertenecientes a prestantes familias de la región, todas emparentadas entre sí, como los Paz, los Ramos, los Ramírez, los Vivas, los Cardona, los Zamorano y la extensa familia de los Vergara que se extendió por esas tierras, que no envidiaban el Paraíso.

La fría neblina que se extendía por las azuladas cumbres de Santa María, esperaban expectantes a los jinetes. En esas crestas altísimas de las montañas, rodeadas de robles negros, cominos, aguacatillos, balsos, helechos y ortigas, en las últimas colinas, sobre las sierras de occidente, se observaba el vuelo majestuoso de las águilas. ¡Cuántas veces Isaacs, había soñado divisar aquellas montañas de cúspides cubiertas de resplandores de roció, a la vista de las cuales, profesaba reverdecer apacibles expectaciones. ¡Se imaginaba y hablaba de sueños propagados por pueriles quimeras, que el viento inconstante se llevaba hacia esas cumbres radiantes del Dagua¡

El ruido de los caballos, que se escuchaba en las casas que conformaban la hacienda de El Bono, originó el ladrido de los perros, por el retumbe de los sonoros casquillos. La algarabía de las cotorras, el canto pesado de las codornices, el grito de la cigüeña buscando su nido, la camada de loros agitando los guaduales, despidió a los viajeros que tomaron el camino de arriería por una tendida falda hasta llegar a una explanada donde estaba situado una acogedora aldea, llamada Santa María; cubierta toda de una densa neblina que, como un manto enorme y flotante, permanecía suspendida en los penachos de esas altas cumbres de los umbrales del pacífico. Las gotas de rocío que se desprendían de esas nubes vaporosas, golpeaban suavemente el rostro de la caravana arriera, refrescando el ambiente veraniego.

Al respirar aquellos aromas de frescura que traían las brisas de las más altas veredas montañeras, desde esa planicie, se observaba el caserío de Papagayeros, con su rio Dagua, de vertiginosas corrientes, serpenteando las montañas que formaban el magnífico y solitario cañón, que se apreciaba en toda su intensidad hasta Loboguerrero con sus cactáceas, acacias, leguminosas arborescentes con sus plantas, arbustos y hiervas de densas marañas y pequeñas colonias, y que hoy orgulloso, muestra su colección, Mario Pastrana Montoya en su solariega casa dagueña.

Era digno de admiración, observar la riqueza natural de ese paisaje de verdes pampas sobre el cual se modeló mi existencia. En el horizonte azul, dominando en majestad y grandiosidad, se contemplaban los picos de los farallones de Cali, donde brotaba silencioso y lento el Dagua y hacia el norte, las eminentes montañas, que conformaban las haciendas de Los Plantales y Tocotá cubiertas de cerrada niebla.

Después de recorrer las cercanías de esas tierras de variados copales de guayabas, limones, naranjos, aguacates, guanábanos y platanales, en una mañana, ya a puesta del sol, resolvieron regresar hacia la Hacienda para sierra abajo seguir el curso del camino veredal que los conducía hacia la Hacienda de El Salado, propiedad que había comprado desde 1823, Antonio Montoya a Manuel Scarpetta, y que se extendía hasta las llanuras de El Quereme. En esa heredad, fueron recibidos efusivamente por Don Manuel Reymundo Collazos y sus hijos; Dionisio Montoya y su esposa Cesárea Vivas y por Manuel Cardona y su esposa Dolores Montoya, pobladores de esos fecundos valles.

Después de consumir el sazonado almuerzo, los invitados probaron un delicioso tinto, del café arábigo de los sembradíos de la hacienda. Cuando los rayos del sol iban declinando, Jorge Isaacs, fue invitado a conocer el poblado de San José de El Salado, construido en predios de Andrés Guillermo de Collazos y Esquivel por los años 1740. Manuel Reymundo, le cuenta a Isaacs, que ese predio pasó por testamento a manos de Bernabela y Cecilia, y de allí, a su propiedad, por herencia de sus mayores.

A poca distancia de la hacienda, le muestran un caserío que rodea la Iglesia de San José, construida en bahareque y techo de paja y contigua a ésta, una imponente y extraña Torre Mudéjar, de una altura aproximada de 9,60 metros sin contar la veleta, construida en mampostería de ladrillo, dividida por dos cuerpos separados por una cornisa de ladrillo, organizada en formas geométricas. En el primer cuerpo, de abajo, se distinguía una puerta con arco redondo, que permitía el acceso al interior de la Torre y una ventana; en el segundo cuerpo, se destacaba una ventana de arco curvo, enmarcada en otro arco de ladrillos cortados en forma de filigrana y más arriba un triángulo con tabletas de ladrillo. En la parte superior, surgía otra ventana de arco curvo y una cornisa sencilla que dividía su última quinta parte donde estaba situado el campanario rematado por una cornisa con sus tejas de barro. Ese caserío se había constituido en Distrito Parroquial.

Isaacs, acucioso observa que la Torre tenía escrito en números romanos el año 1770, fecha de su construcción. Manuel Reymundo, relata que la Iglesia y la Torre fue construida por sus ancestros, especialmente por el beato Andrés Guillermo Collazos y Esquivel, con la finalidad de prestar los servicios religiosos a su familia, a los hacendados cercanos y a los viajeros que iban y venían del litoral pacífico y que obligadamente tenían que transitar por ese curato y alcaldía desde 1790.

José Amador Reza, cuenta que, esta Torre y la de San Francisco en Cali, se construyeron por moros libertos o alarifes mahometanos conversos, bajo las órdenes de sacerdotes católicos. Expresa que sus ancestros tenían la técnica y la experiencia en el estilo y la arquitectura mudéjar, que era fundamentalmente decorativa, utilizando la albañilería y sustituyendo la gran bóveda por techumbre plana o armaduras. Reclama esa formidable construcción, como arte islámico, y no cristiano, basado en que esa decoración la practicaron los mudéjares o moriscos, de ascendencia musulmana, que residieron en España, antes de la reconquista, en ciudades como Toledo, Andalucía y el Valle del Ebro, copiando los alminares musulmanes.

Agrega a sus atentos oyentes que la arquitectura mudéjar se desarrolló en los siglos XIV y XV. Su ejemplo más claro son los Reales Alcázares de Sevilla, construido sobre los restos de un palacio almohade, el Palacio de Alfonso XI en Tordesillas y el palacio del Duque del Infantado. Otras construcciones de este estilo son la Casa de Pilatos y el de las Dueñas, el palacio convento de Santa Clara en Tordesillas, y las del Alcázar de Segovia. Otras obras importantes en ladrillo son la Puerta del Sol en Toledo y los Castillos de Coca de Segovia y el de la Mota, en Medina del Campo. La España musulmana, que se quedó en la conquista de los cristianos, aceptó un impuesto que se denominó mudéjar, que en árabe significa “al que se le permitió quedarse”. Córdoba, era el centro de los musulmanes y, un punto estratégico de su cultura, lo mismo que Granada. Esa cultura mudéjar, tuvo también importancia en la orfebrería, la cerámica, la industria textil, los trabajos de cuero y la alfarería, alcanzando gran popularidad.

Añade que esa cultura mudéjar llegó con los Reza a la Nueva Granada, especialmente en Popayán y a San José del Salado; donde se radicaron y extendieron su cultura. En el Salado, El Limonar y especialmente en la hacienda Platanares del sitio del Placer de propiedad de Juan Francisco Perlaza, se construyeron hornos de quemar con teja, para producir el ladrillo, el yeso y el barro vidriado.

Los encargados de enseñar este arte fueron los albañiles o alarifes mudéjares que era una obra de mano cualificada y barata. Con el ladrillo cocido, se construyeron para la misma época, las Torre mudéjar de San José de El Salado y de San Francisco en Santiago de Cali, ésta última construida por Antonio Idrobo con un color amarillo de Castilla y diferenciada en la cúpula hemisférica que se remata en la parte superior y con una decoración más marcada que la de su pariente dagueña.

Mas luego, Isaacs, fue invitado a visitar los valles de la flor de El Quereme, no sin antes saborear un delicioso café acompañado de pandebono después de una eficiente hornada. Al pasar por el formidable samán que extendía sus grandes ramas para albergar a los azulejos, los colibrís, las pavas cariazules, guacharacas, papagayos verdes con cabeza amarilla, el gallo de roca andino, el compás, el paragüero, la cotorra rubicunda, la tangara y los loros viajeros, extravió su mirada por el cielo embellecido con sus luces, donde oyó el grito del pelícano y los arrullos de las palomas. El poeta de la tierra caleña, iba tomando nota del decorado natural de amaneceres y crepúsculos sobre la heredad dagueña. Habiendo observado así, surgir y ponerse el sol, lo mismo que apagarse la tarde; para él, no era sino el principio de un despertar.

Subiendo por esas colinas, en busca de la flor de El Quereme, ante bosques silenciosos, cubiertos de arboledas de ceibas, y cedros corpulentos, aspirando la fragancia de las azucenas silvestres, de los montenegros, mejoranas y claveles, así como de las flores más lindas, que brotaban de esa tierra maravillosa, la caravana se detuvo y se deleitó con la extensa planada donde pastaban innumerables reses y caballos. Bajo ese azul lejano, se levantaban las majestuosas montañas, que rodeaban el caserío. En la luz de ese paraje vespertino, donde el sol disolvía su argentada lumbre, sosegando los vientos y esparciendo la serenidad, en una encarnación misteriosa; Isaacs, tenía su espíritu en una impasible serenidad.

El paisaje dagueño era el modelo para inmortalizar a esta tierra vallecaucana, convirtiéndola en un oasis de amor y de fantasía. Aquí, en esta tierra de esplendores hermosos, concedió la naturaleza a este poeta, cualidades inviolables y privilegiadas. En este verdor, estimó uno de los instantes predilectos de su existencia: el amanecer exultante que retiraba las estrellas del firmamento y, hacia surgir los primeros rayos del sol al levantarse. Era la magnificencia más extraordinaria que lo había acompañado en su aventura. Estas praderas de un verde intenso, que parecían elevarse hasta el azul del cielo, eran un misterioso encanto y un esplendor de la verdad, que esta campiña, por sí sola, tenía la capacidad de decirlo todo, sin que fuera necesario pronunciar una sola palabra.

En esta zona, entre las montañas de Mico y la región del rio Anchicayá, fue encontrada una Virgen a la que los indígenas la llamaban la Montañerita Cimarrona. De esta noticia se enteró en 1580, el Mercedario Fray Miguel de Soto, quien organizó desde Cali un viaje a ese paraje selvático. La Virgen fue hallada en un nicho tallado en la roca por la naturaleza de pedernal blanco tan fino y duro que despide chispa al menor contacto del eslabón, constando Madre e Hijo, de una sola pieza, que mide más de un metro de altura y pesa 25 arrobas, su vestido es túnica y manto, la expresión del rostro es perfecta, estrecha contra su pecho al Niño y Él, toca al cuello de la Madre y con la otra mano empuña una fruta. Esta Virgen fue llevada a la Iglesia de La Merced, donde se le llamó, como Virgen Blanca y, posteriormente, Virgen de los Remedios, que es el nombre que conserva en la actualidad.

En ese extenso valle, que atraviesa el rio Jordán desde su nacimiento en los Farallones de Cali, hasta desembocar en el Dagua, crece silvestre un arbusto de flores hermosas y de aroma exquisito, que obtiene su fragancia de los dientes del ramito de la flor. Jóvenes indígenas le regalan a Isaacs, varias variedades de esta flor, lo mismo que frascos de fragancia, para que lo utilizara como un talismán de amor. Así es el campo, para amarlo como una mujer, como algo ardiente, afectivo y humano, donde lo hermoso, es superior a lo sublime.

Apagábase la tarde, cuando Isaacs y su comitiva resolvieron regresar a la hacienda El Salado. Una bandada de garzas blancas buscaba afanosas su colonia en un frondoso y corpulento guáimaro. Por las copas de los yarumos se paseaban alegres la tangara multicolor y las ruidosas amazonas mercenarias, lo mismo que las reinitas mieleras de hermosa voz aflautada. En esta belleza natural, que inspira la más profunda pasión, en esa hermosa tarde, que permanecerá perennemente en la memoria del poeta, en una inspiración sublime de avistamiento, gravó el espectáculo multicolor de las numerosas aves que poblaban mágicamente ese edén. La sinfonía de trinos y cantos de los colibrís capucha azul, de cabeza verde y collar blanco, el cloroapingo verdiamarillo con su canto sostenido, el torito cabecirrojo, los loros, los carpinteros, halcones, tángaras y golondrinas, esplendían un encanto natural y un soplo de honda emoción, que llenaba de ensueño el corazón del vate.

Ante la noche muda que se acercaba, los jinetes, se apearon de sus caballos, escuchando estridular a las cigarras y a los grillos, por el calor que se había alborotado. Los sirvientes de la hacienda, tenían lista la cena e invitaron a pasar al comedor, luego de que se hubieran aseado. Las arboledas estaban silenciosas y, solo se advertía el revoletear de las luciérnagas. Las refulgencias amarillentas de la luna, se observaban sobre el cielo de las montañas, que más allá del horizonte, despuntaban sobre el oriente. Al mirar a la luna, Isaacs, recordó a Shakespeare, de no jurar por ella, por su inconstancia al cambiar cada mes el girar de su órbita. Tomó nota de ese registro, para que el amor de Efraín, no fuera variable y, por el contrario, que todas las auroras de todos los días de este cañón del Dagua, fueran tan bellas como su María.

Después de una exquisita cena, los invitados se acondicionaron para dormir. Isaacs, se fue al cuarto que se le tenía preparado y, sus auxiliares, pasaron a cuartos de menor importancia. Los otros allegados de la familia, se acomodaron en las habitaciones del corredor principal. A las cuatro de la mañana, antes de ponerse el sol y que el aire destelle rocío; Isaacs, se deleitaba con un delicioso café y con pandebono recién horneado.

A esa hora, el tañido de las campanas plañideras de la Torre Mudéjar, llamaba a Misa de cinco para convidar al rezo del Ángelus, en una sublime alegoría del amor Divino y de las virtudes humanas. El crepúsculo matutino ofrecía una fiesta donde las plantas exhalaban sus más finos y secretos aromas que invitaban a expresar los más recónditos anhelos, en una vivencia inquebrantable. Los pellares inquietos en vuelos y revuelos los amenazaban con sus cantos, tratando de alejarlos de sus nidos secretamente apostados en la parte húmeda de la llanura. A esa hora, comenzó a crujir el palomar y el crotorar de las cigüeñas.

Isaacs mandó a los peones a alistar la yeguada, para iniciar su cabalgata a las cinco de la mañana. Alegre e ilusionado por su regreso a la Casa del Peñón, se despidió agradecido de Manuel Reymundo, Dionisio Montoya, Dolores Montoya, Cesárea Vivas, Manuel Cardona y demás familiares y de toda su peonada y servidumbre. Igual rito, acompañó la despedida de Perfecto Elías Vergara y de Antonia María, José Amador Reza y Leonisa Vergara, Marcelino Montoya y Concepción Ramos, y por supuesto de todos sus peones y trabajadores que les acompañaron en ese paseo por las tierras del Quereme y de El Bono.

El rocío que resplandecía en las hojarascas de los árboles mostraban el encanto de un instante efímero. Sin duda, era la belleza entre el contenido y la forma. A galope lento, inició su viaje bordeando el rio Salado hasta un sitio llamado Jiguales. Allí, se encontraron con el Dagua y corriente arriba bordeando sus riveras se dirigieron a un caserío llamado La Porquera, donde se divisaba un panorama con enormes y altas montañas, que invitaba a tomarlo con las manos y, convertirlo en poesía. En ese sitio, la cabalgata tomó un descanso y se bañó en las chorreras de esa aldea. El agua fría, pura, corriente y cristalina, que brotaba de la montaña en grandes chorros, masajeó el cuerpo cansado de la comitiva.

En el espejo azul de la mañana en que empezaba a despuntar el día, los cucaracheros cantores y las naguiblancas escondidas en los follajes de los árboles que agitaba el viento, mostraba en esos espacios, como iba bajando perezosamente la niebla, de oriente a occidente, hasta dejar descubierta las cúspides sobre al azul turquí de la montaña. Bandadas enormes de garzas blancas, desde tempranas horas de la mañana, en la alborada de ese día venturoso, dejaban sus colonias en busca de alimento, iniciando su vuelo, rio arriba hasta las lomas de Tocotá.

Los viajeros subieron a sus caballos y bordeando la falda oriental del rio Dagua, tomaron el camino real que conducía a Tocotá, pasando por la hacienda los Plantares, cuyas cumbres estaban pobladas de bosques que contrastaban con los pastizales de las cercanías. En Tocotá, hicieron una parada para almorzar, descansar un poco y aprovechar la tarde veraniega para iniciar el descenso. Desde ese lugar, en un predio que hoy se conoce como “Rancho La Valentina”, específicamente, en Bahondo, divisaron hacia el sur, las majestuosas montañas donde se apreciaba un cerro similar a Picoloro que era el inicio por ese costado de los imponentes farallones de Cali. Desde ese cerro, Isaacs, en su corazón, se despedía triste de cada uno de los sitios del Dagua, que había visitado. Allí, el hálito de una rosa, lo despidió con su aroma.

En la Valentina, la naturaleza maravillosamente ofrenda sus grandezas a sus espectadores. Allí, el sol brilla opacado por la espesa neblina que rodea sus cimas. Sus flores, tienen un aroma celestial, desplegando sus pétalos al cielo y, los árboles son un santuario de la naturaleza. En las noches estrelladas, se escucha el sonido de los cometas y los planetas en el lejano espacio sideral. Mis hijos: Juan Pablo, Valentina, Alberto y Paúl, y mis pequeños nietos: Jerónimo, abril y Alana, en desorbitada alegría, que es el buen tiempo del corazón, admiraron y aman ese espacio excitante, con euforia instantánea, como la euforia en arpegios áureos, del relámpago en la noche.

Isaacs y sus acompañantes, extasiados con esas verdes montañas y esos cielos límpidos y azulosos, se quedaron gozando, con perpleja fascinación, no solo del paisaje, sino también de la brisa que esparcía el rocío a los blancos rosales, los silvestres lirios, los sotos, los frondosos yerbabuenales, los corpulentos tamarindos, los frondosos naranjos, los sauces de verdes plumajes, las umbrosas ceibas, las robustísimas guaduas, las palmas reales donde cantaba el coclí y los pomarrosos que se esparcían por esas tierras y lomas del Manzanillo y Tocotá, que en 1757 habían sido de propiedad de Santiago Ramírez.

Los rayos lívidos del sol en fúlgidos destellos, acompañaban a la caravana, que, atravesando la cordillera occidental, por las montañas donde bajaba el arroyo de San Antonio, desde el Alto de las Cruces, divisaron al espléndido y hermoso Valle, como un horizonte que se despliega, espacio palpitante, en todo su esplendor. Desde ese lugar, cambió su caballo por el blanco, para apurar su regreso antes de que cayera la noche, transitando por ese camino angosto, pedregoso y peligroso sendero que franqueaba cerros pequeños y páramos estériles. Llegó hasta el puente de piedra con sus cuatro ceibas gigantescas que servían de puerta a la ciudad. Afanosamente, tomó el rumbo de la Vega del Cali, hasta llegar a las Mangas de los Lloredas, donde estaba situada la casa de adobe que su padre había comprado en 1843.

Isaacs, apeándose de su caballo negro, se despidió de sus acompañantes y tomando la mochila que nunca abandonaba, se percató de que sus escritos no habían sufrido ningún daño. Impaciente cruzó el zaguán que lo separaba de su cuarto, preparó su baño y luego de un merecido descanso, bajo la claridad de la luna, continuó su viaje por la soledad del sueño.

Con la voluntad que brotaba de su apostólico desprendimiento, se levantó temprano, saboreó un delicioso café, ingresó a su oficina y, con el poder de las ideas, que es inmenso y, la fuerza del espíritu inextinguible, con su excepcional energía y su colosal personalidad vigorosa, con la perspectiva literaria que lo esperaba, organizó sus ideas en el viaje majestuoso por el Dagua y, como quien iba en silencio, hacia la grandeza, hacia la gloria, inició lo que sería su monumental obra: María.