CARTA A LAS BASES Y A LA DIRECCIÓN POLÍTICA DEL PARTIDO COMUNISTA DE BOGOTÁ

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¡No reemplacemos la enfermedad infantil del izquierdismo por la enfermedad senil del 
institucionalismo!
 
UP ya instaló su stand, no haciendo política sino traficando patentes.
 
Fusión de burócratas no es unidad popular.
 
Durante los últimos días en Bogotá se han desarrollado intensas y saludables polémicas 
en el seno de los partidos políticos de izquierda, de las organizaciones sociales y en varios sectores de la población capitalina, frente a la candidatura de Hollman Morris a la Alcaldía de la ciudad.
 
Y, como es obvio, el Partido Comunista no es ajeno a esta situación. 
 
Por ello, en el presente documento se expresan algunas consideraciones al respecto:
 
1) En cuanto al procedimiento formal por medio del cual se llevó a cabo el acuerdo 
entre la Unión Patriótica y Colombia Humana, y lo que eventualmente sería un apoyo a 
Morris, manifestamos nuestra total discrepancia al respecto, pues lo consideramos una maniobra que violenta la democracia interna, las instancias partidarias y los momentos deliberativos y definitorios, dado que aquella treta fue el resultado de una imposición autoritaria, unilateral y oportunista de los jefes de la Unión Patriótica que son miembros del PCC. 
 
Definir una línea política y una táctica no es imponer caprichosamente una entrega, 
menos para un partido que se precie revolucionario. 
 
Tanto la cognición como la práctica leninista fueron reemplazadas por los cálculos burocráticos y electoralistas. 
 
Tal parece que la estructura del Partido, sus bases y direcciones únicamente adquieren importancia a la hora de cargar los ladrillos y depositar las papeletas (tanto en las urnas del establishment como en las de los congresos y conferencias de la organización). 
 
¿Acaso hubo al interior del Partido el debate pertinente a nivel nacional o local sobre la necesidad y las implicaciones de 
semejante acuerdo? ¿Hay algún documento programático, de principios, y de la ruta a seguir?
 
¿De lo que se trata es de tener y formar una militancia pasiva, que acepte cualquier directriz emanada desde arriba y desde afuera, aunque sea una afrenta a las prácticas revolucionarias?
 
Desde «arriba» porque es claro que lo hecho por el club de regentes electorales se justificó, en términos organizativos, como funciones de las que falsamente están facultados. 
 
Desde «afuera» porque para nadie es un secreto que a Gustavo Petro se le permite, sin justificación alguna, cada vez mayor capacidad de interferencia en el Partido y sus orientaciones, permisibilidad que, dicho sea de paso, aprovecha astutamente y que ha de ser no solo rechazada sino combatida. 
 
Desgraciadamente, lo que significa este acuerdo es que, en el 2 feriado de avales en el que se convirtieron los tiempos electorales en Colombia, la UP ya instaló su stand, no haciendo política sino traficando patentes.
 
Pero lo que resulta más grave todavía es la recurrencia con la que se presentan estas 
conductas por parte de los mencionados jefes, y que corrosivamente desgastan la unidad interna del Partido mientras minan los pilares de su ejercicio político autónomo y clasista. 
 
Desde las actuaciones contrarias al Comité Ejecutivo Central en favor de apoyar la 
candidatura presidencial del Polo (2014), hasta la proclamación vía Twitter de la actual 
candidatura del Partido al Concejo de Bogotá, lo que encuentra la militancia es una 
deformación oportunista del papel leninista de algunos miembros de la dirección. 
 
En otras palabras, en los últimos años este tipo de imposiciones electorales, provenientes de un pequeño grupo de la dirección, se están volviendo la constante en el PCC.
 
¿Se tienen o han tenido en cuenta las reivindicaciones feministas y de género, esenciales en la lucha política del Partido? 
 
¿O simplemente se las toma como caprichos sin fundamento?
¿Son estas reivindicaciones para los jefes, entonces, un adorno secundario, un eufemismo políticamente correcto dentro de la izquierda, un saludo a la bandera?
 
Es necesario recordar y reiterar lo que parecen dos simples obviedades, pero que se 
pasan por alto o se consideran como inexistentes en el contexto del actual problema, a saber: 
 
a) el PCC no es idéntico a la UP, 
b) el PCC, en tanto partido independiente, trata de influir y conducir a la UP, no al revés. 
 
En la pasada Conferencia Regional del Partido se presentó una acalorada y significativa discusión al respecto, y muchos militantes se expresaron en dirección a ratificar estas dos premisas, sin embargo, algunos miembros de la dirección de la UP que también militan en el PCC se esforzaron por ocultar el debate, darlo por superado, recurriendo a vulgares maniobras como ignorar incómodas opiniones y documentos de las 
estructuras de base, o como invocar el estilo de Poncio Pilatos y los fariseos, apelando a 
mayorías abstractas para crucificar a militantes y desconocer sus posturas.
 
 ¡El leninismo no es un ábaco para aprender a sumar opiniones de un solo color! 
 
Sin embargo, la estratagema no resultó como esperaban, y el compromiso de la mesa directiva fue reconocer que el debate 
persistía –hasta hoy–. 
 
Por lo tanto, posee fundamento y actualidad la exigencia y el reclamo que desde la UP no se le impongan al Partido Comunista ni acuerdos ni candidatos ni políticas, sino que sea desde el PCC de donde germinen las más importantes tareas políticas en el plano electoral para que la UP, de la mejor manera posible, ajuste su actividad.
 
2) Pero la crítica no se reduce a la manera como se hizo el pacto. 
Igualmente consideramos lamentable el contenido político (¿siquiera lo hay?) y las probables consecuencias para el Partido de consumarse un apoyo a Morris en la carrera para llegar al Palacio Liévano.
 
Dado que hasta ahora no se conoce ninguna plataforma –porque al parecer ésta no existe– que exprese el contenido político, genuinamente alternativo, y favorable a los intereses populares, no es posible por lo menos criticar el contenido social-liberal del proyecto petrista al que nos quieren sumar, sino que, más vergonzoso aún, lo que se lamenta es la ausencia total de cualquier contenido de carácter político. 
 
Elocuente fue el rápido desmoronamiento que sufrió el diagnóstico y la hoja de ruta expuesta por Carlos García (Caliche) en la pasada asamblea distrital del Partido (17 de julio).
 
Todas las previsiones e ilusiones se 
esfumaron de un soplo con el desplante de Jorge Rojas, el sectarismo de MAIS –avalado en cierto sentido por la actitud pusilánime de los negociadores del Partido–, y el afán de algunos por quedar en listas y participar a toda costa en la contienda electoral. 
 
Aunque jurídicamente la personería la tenía la UP, y por ello se entendería el acuerdo como una adhesión de Colombia Humana a las filas verde-amarillas con bondadosas posibilidades para nosotros, lo que políticamente sucedió, en realidad, fue la puesta en marcha del proceso de subsunción estructural que, peligrosamente, conducirá a la disolución de la estructura por parte de agentes externos, mientras se intenta vestir con una camisa de fuerza al Partido Comunista.
 
¿En verdad se cree que hay igualdad de condiciones políticas entre los sectores involucrados para llegar a un pacto que beneficie por igual a ambas partes? ¡Cándida promesa! 
 
En política, cuando intereses diferentes y comúnmente opuestos entran en juego, lo definitorio es la fuerza, y de ésta, hoy por hoy, no goza el PCC.
 
Ignorar y/o desconocer este axioma de la 
filosofía y la praxis política marxista es el síntoma que refleja que se sucumbió ante el (neo) liberalismo. 
 
Contrariando las mismas resoluciones del Comité Ejecutivo Central sobre la política 
de convergencias, el club de los regentes electorales arriesga la historia de lucha 
revolucionaria y de unidad con principios del PCC. 
 
Justamente, en la resolución del Partido 
de septiembre 19 del 2018 se proponían dos criterios políticos a tener en cuenta en las 
posibles alianzas:
 
 
-La elaboración popular y participativa de programas de gobierno municipal y 
departamental que enriquezcan y desdoblen los ejes temáticos que hicieron parte de la 
campaña presidencial en cada territorio.
 
-La discusión y definición de mecanismos democráticos para la selección de 
candidaturas y listas unitarias y de coalición a gobernaciones, alcaldía, asambleas, concejos y JAL.
 
Lo que se evidencia con acuerdo de adhesión y de posible favorecimiento a la 
candidatura de Morris, es el completo desconocimiento de estos dos criterios del CEC, pues ni hubo elaboración popular y participativa de programas de gobierno, ni discusión y definición de mecanismos democráticos para la conformación de listas. Lo que ocurrieron fueron transacciones desesperadas, sumatorias sin perspectiva, incorporaciones sin criterios.
 
Otros apartes de esta misma resolución indican que lo prioritario para el PCC será:
construir un proyecto de convergencia con características estratégicas que cuestione de fondo una perspectiva en el mediano y largo plazo hacia transformaciones democráticas avanzadas y anticapitalistas, sigue siendo un propósito al que no renunciamos.
 
En el nuevo espacio de convergencia que se ha empezado a construir, pueden confluir varias personerías jurídicas, sin que ninguna pretenda absorber y/o disolver a las demás.
 
Ese nuevo espacio es el resultado de un esfuerzo común, lo que no excluye que puedan existir de acuerdo a cada territorio, reagrupamientos parciales siempre y cuando comprendan el sentido estratégico de la unidad y del actuar coherente y conjuntamente por los objetivos comunes
(Resolución del Comité Ejecutivo Central, septiembre 18 de 2018).
 
¿El Partido Comunista ha participado en la elaboración del proyecto de candidatura de 
Morris-Petro y la Colombia Humana? De abrirse un espacio deliberativo con ellos (poco probable), ¿se incluirán las reivindicaciones de los movimientos feministas, y por tanto se 
respetarán sus exigencias? 
 
¿Habrá propuestas que agrieten la dominación del capital en la ciudad, o bastan las políticas públicas caritativas? 
 
¿Se practicará la independencia política y de clase para confrontar la eventual administración de Morris-Petro en caso de que así lo demande la historia, o el Partido se aferrará gustosa y acríticamente a la burocracia local durante cuatros años de una alcaldía fortuita?
 
Dado que estas cuestiones conducen a un 
callejón sin salida, ¿el Partido tendrá la gallardía propia de los trabajadores para no flaquear ante el facilismo y el acomodamiento? 
 
Morris no sólo es un candidato ampliamente 
desprestigiado –y no precisamente al estilo de la difamación y del linchamiento mediático
que a diario sufren luchadores revolucionarios– sino que su horizonte político es extremadamente acotado en cuanto a su apuesta transformadora, pues sus apuestas se enmarcan en el neodesarrollismo y el neoasistencialismo de izquierda. 
 
Para poner un ejemplo, en la discusión sobre el metro subterráneo, Morris por lo general no se sale del marco tecnicista-economicista, con adendas sociales y ambientales. 
 
Además, lo significativo aquí es que Morris concibe el asunto del transporte en Bogotá, muy coherentemente con el programa progresista, como un mecanismo que atraerá, facilitará y acelerará la circulación del capital local, nacional y trasnacional, y tan solo subsidiariamente como un problema del 
derecho a la movilidad,
 
(Véase: «“Bogotá ahora tiene que dar el salto a los modos férreos”:
 
Hollman Morris», entrevista con La República, 18 de junio de 2019). 
 
Los resultados benéficos económico-sociales para los bogotanos más pobres provendrán, según sus criterios, de un hipotético chorreo derivado de un contingente aumento de la tasa de ganancia. 
 
De aquí que, por ejemplo, sus propuestas sobre la tarifa del transporte público estén circunscritas a congelar los precios de Transmilenio –hasta que la próxima administración revierta de un 
plumazo la medida–. 
 
¿Algo de esto fue aportado o criticado por el Partido? ¿Se expondrán y defenderán propuestas adicionales así contraríen algunos puntos del progresismo? 
 
De insistir en esta ruta, transitaremos por el camino del desprestigio político y de la fractura organizativa interna.
 
Por otra parte, anticipadamente prevenimos contra la tentación de evaluar una solución
por Claudia López como una alternativa viable para los trabajadores y oprimidos de la capital.
 
Su agenda neoliberal, su historial político, su partido, y las clases e intereses que representa indican más una forma de reforzamiento, maquillado, del poder oligárquico en Bogotá con una alcaldía suya.
 
Con ella y los verdes no es viable fomentar un acuerdo de ruptura, de diferenciación, de contenido popular, y a favor de una perspectiva de paz no oficial.
 
Es sintomática la pretensión Claudia de darle continuidad al proceso de licitación dejado por la alcaldía de Peñalosa, más si se tiene en cuenta que varias de las compañías que están en dicha carrera capitalista tienen antecedentes de corrupción en Colombia y otros países del mundo, y muchas de ellas tienen una relación non sancta con Odebrecht.
 
(Véase el artículo Los 
pecados y escándalos de las compañías que licitan en el metro de Bogotá. La República, 1 
de marzo de 2019) 
 
¿A qué estamos asistiendo con esta disyuntiva? Para el caso del transporte 
público, a participar en una competencia empresarial por la licitación y el manejo del Metro.
 
En el caso de la seguridad, a continuar con el Código de Policía con ornatos verdes o 
amarillos.
 
¿Qué hacer, entonces? Sabiendo que se ha instalado como principio petrificado en la 
cotidianidad del PCC la participación electoral y la obligatoriedad de apoyar a una figura a 
cualquier cargo de representación pública, podríamos quebrantar el dogma a mazazos (Marx) con una salida distinta pero plausible al enredo al que nos quieren atrapar los jefes ya mencionados. 
 
Así las cosas, en aras de blindar al Partido ante un escenario de inútil desgaste político, de rupturas internas y descrédito ante las bases, de desprestigio ante los trabajadores y de incoherencia frente a la lucha revolucionaria, feminista y de clase, conminamos a considerar y apoyar el voto en blanco para la alcaldía de Bogotá. 
 
No se trata de considerar una victoria de esta opción, ni de maximizar ingenuamente su capacidad transformadora en las actuales circunstancias. 
 
Se trata de decoro y coherencia política. Es cierto que no somos abstencionistas por principio ni estamos adscritos per se al voto en blanco, pero también lo es que seleccionar siempre el mal menor y el interés por una secretaría de gobierno no tienen nada que ver con el marxismo sino con la claudicación. 
 
Así mismo, es urgente reconocer,
abordar y superar la profunda crisis ideológica del Partido, expresada precisamente en las 
prácticas que en este documento se rechazan. 
 
La bancarrota política y las tácticas fallidas
tienen su origen en el rechazo al asunto teórico-crítico. 
 
Hoy lo que resulta afanoso es abrir 
espacios de disertación teórica, de elaboración crítica y marxista; tenemos que redirigir la acción política del Partido con el horizonte socialista en la retina, lo que exige conductas de ruptura, iniciativas de masas, reconocer temporalidades de lucha no circunscritas al calendario electoral del poder dominante; abandonar la idea que los cambios radicales son el resultado de una sumatoria de «poderes locales», como se pregona hoy desde la candidatura 
al Concejo.
 
¡No reemplacemos la enfermedad infantil del izquierdismo por la enfermedad senil del 
institucionalismo!
 

 

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