¿La Paz, Anhelo O Excusa De Los Pacificadores?

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Por: Jade Arenas

 

Más de 60 años de conflicto político, social y armado, que ha generado millones de víctimas no se concluye con la sola firma de un Acuerdo de Paz, los hechos han corroborado que a pesar de lo firmado en la Habana Cuba entre las antiguas FARC-EP y el ex gobierno de Santos, en Colombia la guerra siegue siendo una constante y sus causas de origen una realidad.

 

El Acuerdo de Paz, su firma e implementación, constituyen para el movimiento revolucionario un paso necesario, sin este no hubiese sido posible dilucidar las tendencias políticas e ideológicas que pernoctaron por décadas al interior de la insurgencia más antigua del continente; hoy parte de esa verdad se está develando paulatinamente ante los ojos del mundo, dejando de manifiesto la facción liberal que estuvo latente desde el surgimiento mismo de las FARC-EP subordinada y minimizada por la disciplina militar.

 


 

 


La socialdemocracia está hoy a la cabeza del nuevo partido de la Rosa, sus cuadros más representativos son aquellos quienes abiertamente han renunciado a los postulados del marxismo-leninismo y con ello al legado de Manuel y de Jacobo; estos se han autoproclamado los "herederos verdaderos" del acumulado de las FARC-EP, como si éste fuera una franquicia y no una construcción heroica del pueblo.


 

 

 

Parte de la dirigencia del Nuevo Partido asume el Acuerdo de Paz como un fin en sí mismo, un cliché con el cual soslayan el carácter táctico de este para la transformación del país, tras su defensa, intentan ocultar su mayor preocupación: perder los beneficios obtenidos en el acuerdo de paz a través del desarme y la absorción sistémica del movimiento guerrillero.

 

La actual coyuntura, permitió identificar con claridad los “cuadros” que buscan satisfacer sus intereses personales en detrimento de los objetivos colectivos, entre ellos hay quienes han optado por realizar alianzas con el fascismo, defender férreamente el establecimiento, justificar el incumplimiento del estado, acusar frente al Estado de forma directa a sus camaradas con voces críticas, desmovilizar las bases sociales existentes antes del Acuerdo, etc. 

 

Sin duda, la burguesía ha acariciado sabiamente el ego de cada uno de aquellos personajes

 

De allí que no sea extraño que Pastor Alape en su actividad política exprese sin ningún pudor que el nuevo partido de la Rosa, debe realizar alianzas electorales por encima de cualquier fundamento ideológico, incluso con el partido que encarna el fascismo narco-paramilitar en Colombia.

 

 

 

El proceso de paz debía abrir espacios de participación política al pueblo y brindar garantías de vida digna a los sectores más empobrecidos por el régimen político y económico, a más de dos años de su firma, ninguna reforma a favor de las mayorías se ha materializado. 

 

Los logros de dicho acuerdo, reposan aún en el papel y su futuro yace con la sangre de los más de quinientos líderes sociales asesinados desde la firma del Acuerdo Final. 

 


 

 

 

El partido de gobierno con el cual esperan algunos dirigentes de la Rosa se cimenten importantes alianzas, se ha pertrechado con lo más pútrido de la Doctrina de la Seguridad Nacional, para cumplir cabalmente su promesa de campaña, haciendo por su paso trizas las organizaciones sociales que no supedite a sus intereses.

 

Quienes gobiernan no entregaron las armas, continúan usándolas como principal medio de hacer política; niegan la lucha de clases porque saben que existe, al tiempo que combinan todas las formas de lucha contra el pueblo.

 


 

 

 

A diferencia de la clase dominante, el pueblo no cuenta con la fuerza de las armas, ni con el poder de los medios masivos de manipulación de masas, la única fortaleza de los empobrecidos es que son mayoría y no tienen nada que perder, lo único que les hace falta es ser conscientes de ello.

 

Los sectores que llaman al pueblo al pacifismo lo están condenando a vivir en la ignominia y a morir en manos de sus opresores, no han comprendido que los pueblos están un paso delante de sus dirigentes y saben reconocer cuando una consigna ha perdido contenido y validez. 

 

 

 

Ningún colombiano de a pie desea la guerra, así como Manuel Marulanda nunca la deseó para él y los suyos, pero el régimen político se la impuso, no sólo a Manuel sino a toda Colombia; hoy otra vez la misma clase política putrefacta, obliga a los pueblos a imponer las vías de hecho para defender sus vidas.

 

 

 

Antes las FARC-EP portaban las armas del pueblo, hoy ese pueblo está solo y debe asumir su responsabilidad, tal como lo hizo en Marquetalia en 1,964. 

 

El futuro de Colombia, de las presentes y futuras generaciones recae en hombros de los sectores sociales empobrecidos, conscientes y revolucionarios, son ellos quienes deben librar la batalla, formar sus dirigentes y tomar las enseñanzas de más de 50 años de lucha por la vida y la paz. 

 

 

 

Del seno del pueblo trabajador ha de emerger una vanguardia revolucionaria que esté a la altura de los intereses de los más humildes.

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