División entre una línea leninista y revolucionaria y otra revisionista y reformista en la Farc

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Una vez desaparecieron físicamente, por muerte natural o caídos en combate, los fundadores de las FARC-EP y los que con honor, dignidad, sacrificio, disciplina y constancia se mantuvieron firmes y leales al ejemplo de sus maestros y dieron continuidad en filas a los postulados estratégicos y tácticos de la organización, las FARC-EP cayeron en las garras de una “nueva” direcciòn cuyos integrantes abdicaron de la doctrina marxista leninista y del pensamiento emancipatorio del Libertador Simón Bolívar, que circunscritos a nuestras realidad colombiana y latinoamericana, constituyeron luz y camino que guiaron el accionar teórico-práctico de la organización; unos optaron por sumirse a las ideas de la democracia liberal burguesa, otros a la socialdemocracia y, algunos otros, se mantuvieron fieles al ideario marxista-leninista.
 
Este abanico de tendencias se expresó en la X Conferencia de las FARC-EP, en su último pleno del EMC “Héroes de Marquetalia” (enero de 2017), en el desarrollo 
del proceso de negociaciones en la Habana-Cuba, en las tesis preparatorias del Congreso fundacional del partido Farc y en el mismo Congreso.
 
Las màs de trescientas páginas que condensaron el acuerdo entre el gobierno nacional y las FARC-EP titulado “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” (Bogotá D.C., noviembre 24 DE 2016), solo constituyeron un velo para ocultar las intenciones capituladoras de la camarilla de las Farc-Ep que actuó en la Habana. 
 
El gobierno y la lacaya  oligarquía colombiana han hecho trizas lo acordado.
 
Todo quedó sumido a lo que siempre ha sido el real propósito de la siniestra burguesía criolla en cumplimiento de lo consensuado con el imperio estadounidense: 
DESMOVILIZACIÒN, DESARME y REINSERCIÒN del movimiento guerrillero.
 
Su estrategia basada en el engaño y la trampa ya le había funcionado a las mil maravillas. 
 
Asi lo enseña irrefutablemente la historia, desde las guerrillas liberales de los años 50s del siglo veinte pasando por los procesos con el M-19, el EPL y otras insurgencias armadas y lo sucedido actualmente con las FARC-EP.
 
Increíble que la camarilla negociadora de las Farc-Ep en la Habana halla desestimado, por arrogancia o por “ingenuidad”, el carácter tramposo, mafioso y cipayo de la oligarquía colombiana. 
 
Ignoraron conscientemente los postulados que la caracterizan consignados el “Manifiesto del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia”.
 
Entregaron la organización Fariana.
 
En el congreso fundacional del partido Farc se proscribió todo lo que tuviera que ver con el marxismo-leninismo y se impuso, de la manera màs antidemocrática y a través de la utilización de métodos maquiavélicos, una línea revisionista, reformista,socialdemócras.
 
Los documentos programáticos y el estatuto son reales catálogos inundados de eclecticismos teóricos y sofismas que hacen imposible elaborar orientaciones unificadas ni consensos, mucho menos construir unidad y cohesión partidaria. 
 
Las masas populares y proletarias en ellos encuentran sólo una torre de Babel. 
 
La democracia interna, en nombre de la cual cínicamente dicen actuar los capituladores, está cerrada. 
 
No hay posibilidades ciertas de una discusión abierta, crítica.
 
En ese contexto, el llamado partido “FARC” nació torcido, no es fuerza revolucionaria ni alternativa para el pueblo explotado y oprimido. 
 
Ese partido es ahora un engendro dominado por traidores y oportunistas de la peor canalla. 
 
Continuar en un tal.“partido” lleno de revisionistas, reformistas, capituladores e infiltrado por agentes del Estado sería un acto suicida por parte de los comunistas 
consecuentes. 
 
Los verdaderos comunistas no tienen nada que hacer ahí, sino que dedicarse a la reconstrucción del PCCC.
 
Frente a los liquidadores del PCCC podríamos responder con las palabras de Lenin: “Sólo pueden pensar así los mencheviques, que ruedan cada día más hacia el 
más vil ‘cretinismo parlamentario’ (basta ver sus ataques verdaderamente vergonzosos, propios de unos renegados, a la organización clandestina del Partido).” (“Juicio sobre el momento actual”, en El trabajo del Partido entre las masas). 
 
Y parafraseando a Lenin, quien en sus Tesis de Abril decía “Por lo visto, el ex marxista señor Pléjanov no desea recordar el marxismo” podríamos decir: Por lo visto, 
los ex leninistas señores Londoño&Co no desean recordar a Lenin. 
 
No debemos seguir el ejemplo de esos renegados sino seguir aprendiendo lo que nos puede enseñar la teoría y práctica revolucionaria leninista.
 
Hoy se impone recordar lo que no ha envejecido en el ¿Qué hacer? y lo que Lenin condena en ese texto: la condena del oportunismo, la condena del espontaneísmo y del economismo, la condena de “la baja del nivel ideológico” para la acción política, la condena de la “falta de espíritu de iniciativa de los dirigentes” que deberían romper con las facilidades de consenso y de las ideas recibidas de la hegemonía dominante, la condena de toda concesión teórica que, según la expresión de Marx, es nefasta para la política. 
 
Tal como dice Lenin en afirmaciones de suma importancia para nosotros en el momento en el cual nos encontramos hoy: “Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario.
 
Jamás se insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica. 
 
Y para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor aún *
 
En primer lugar, nuestro partido sólo empieza a organizarse, sólo comienza a formar su fisonomía” 
 
En estas condiciones, un error "sin importancia" a primera vista puede tener las más tristes consecuencias, y sólo gente miope puede considerar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices.
 
Por el momento queremos señalar únicamente que sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia.
 
Aduciremos las observaciones hechas por Engels a la significación de la teoría en el movimiento socialdemócrata. 
 
Engels reconoce tres formas de la gran lucha de la socialdemocracia, y no dos (la política y la económica) -como es usual entre nosotros -, colocando también a su lado la lucha teórica.” 
 
Y a continuación Lenin cita a Engels: “Sobre todo los jefes deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja concepción del mundo”.
 
Los militantes del PCCC de ninguna manera deben diluirse en una organización legal amorfa, deben influir sobre las organizaciones legales y semilegales, en lugar de dejarse absorber por estas.
 
Reforzar la organización del PCCC, crear células en todas las esferas de la actividad, aunque sean poco numerosos, ésta es la tarea del día. 
 
A las células ilegales, secretas, estrechas, recatadas, se agrega una propaganda revolucionaria más amplia.
 
Como es natural, la misión de las células debe consistir en utilizar todas las organizaciones semilegales, y, a ser posible, las legales, en mantener y desarrollar un estrecho contacto con los sectores populares y en orientar el trabajo de forma que el PCCC se haga eco de las inquietudes del 
pueblo. 
 
Como señala Lenin: “Todo lo que ahora podemos hacer, todo lo debemos hacer en todo caso, es tensar las energías para reforzar la organización clandestina del Partido y para duplicar la agitación en las masas del proletariado.” (“Juicio sobre el momento actual”, en El trabajo del Partido entre las masas). 
 
Tal es la tarea de un partido comunista con una consecuente práctica revolucionaria. 
 
Como señala Jesús Santrich: “No estamos hechos para correr despavoridos frente a los primeros golpes del destino, para frenarnos ante los peligros; no 
tenemos espíritu para la resignación o el derrotismo.
 
Nunca será tarde para empezar, para reiniciar y mucho menos para continuar. 
 
La lucha revolucionaria es ahora y si las condiciones no estuvieran dadas, habrá que fraguarlas.” (En Manuel Marulanda: El héroe insurgente de Colombia de Bolívar, p. 242).
 
La tarea de hoy consiste en consolidar la organización clandestina del PCCC y en desarrollar una agitación revolucionaria, que cohesione el mismo alrededor de una línea independiente y movilice las capas populares, construyendo así, donde nos es posible, pequeños poderes populares, formas de autogobierno en barrios o veredas, poderes desde abajo, juntas de acción comunal, o lo que podríamos llamar soberanías populares. 
 
Con nuestras actuales fuerzas son estas soberanías populares las que son posibles y realistas de construir, en vez de sembrar la confusión con un optimismo descabellado que se refiere a un proyecto nacional por ahora inviable.
 
En ningún momento es permisible sembrar ilusiones sobre una vía electoral al poder.
 
Fantasmagóricas ficciones como la “Soberanía Nacional” caracteriza ese tipo de discurso. 
 
Con esta retórica se llenan la boca los liberales constitucionalistas en referencia a sus propias fechorías en el Congreso. 
 
Por el contrario, un Partido verdaderamente revolucionario pone en guardia, tanto a sus integrantes como al pueblo, de las supercherías electorales de los liberales. 
 
Conceder a ellos la primacía implica vender las causas de los sectores populares por vocingleras fraseologías. 
 
Frente a lo que Londoño&Co convirtió en un circo electoral con un catálogo electoral tradicional de cualquier partido reformista, hay que recordar que para los 
revolucionarios las elecciones son simplemente un eventual espacio, y no el más importante, para propagar el programa del partido en forma de unas consignas claves y claras alrededor de las cuales se puede movilizar fuerzas sociales y políticas a partir de un análisis de clase. 
 
En un partido revolucionario lo que nos importa no es asegurar mediante chalaneos “ser parte” del gobierno o conseguir unas curules en el Senado y la Cámara. 
 
La participación en elecciones por parte de los revolucionarios solo se justifica en aras de desarrollar la conciencia de los sectores populares, a elevar su nivel político y organizarlos, de ningún modo en nombre de la “prosperidad pacífica” o de la “reconciliación” sino en nombre de la lucha revolucionaria. 
 
La tarea no consiste en idear artificiales consignas como “Por un gobierno de transición”, “Gran Convergencia”, “Gran Coalición” o “Reconciliación Nacional”.
 
Nada indica que la estabilidad del orden oligárquico, que por ahora tiene su expresión política en el gobierno Santos y su continuación en el gobierno de Duque, va a estar amenazada en los próximos años. Por el contrario, es a la vista que el contexto global y regional nada favorable a las fuerzas revolucionarias más bien va a favorecer la permanencia en el poder del bloque dominante y su alianza con el imperialismo. 
 
La “Soberanía Nacional” es pura ficción mientras no tenemos la fuerza para expulsar las bases gringas de Colombia, una situación que por sí solo, por ahora, hace cualquier proyecto nacional una pura utopía y, por lo tanto, un tema que los que propagan tal proyecto, optan por olvidar y soslayar.
 
Frente a los oportunistas de derecha, que reniegan de la línea revolucionaria del PCCC, nos toca demostrar que evidencian una falta de realismo en el análisis de la situación regional y nacional. 
 
Como revolucionarios debe guiarnos el realismo inteligente cuando se trata de analizar la situación presente nada favorable, al mismo tiempo, que 
el optimismo de nuestra férrea voluntad revolucionaria nunca nos abandona.
 
Frente a las ilusiones en cuanto del inicio de un ciclo de transformaciones que han intentado sembrar documentos como “Por un gobierno de transición” 
y “Estrategia política” o las tales “Tesis de Abril”, que son un insulto a Lenin, hay que señalar que no tienen ningún fundamento en un análisis concreto de la coyuntura o las posibilidades de las próximas por venir. 
 
En Lenin encontramos ya en una obra tan temprana como Quiénes son los “amigos del pueblo” el contenido práctico de su práctica teórica: acabar con las ilusiones, apoyarse en el desarrollo efectivo y no en el deseable.
 
El momento que atravesamos, es una coyuntura determinada por el triunfo que significó el Acuerdo Final del Teatro Colón para las fuerzas del régimen imperante. 
 
Presentar ese Acuerdo como una victoria es pensar con el deseo en vez de hacer un análisis del asunto y reconocer que si bien Uribe no logró derrotar la organización, Santos lo logró por medio de su “combinación de todas las formas de lucha” que manejo con maestría, primero asesinando a los líderes políticos y militares con más trayectoria revolucionaria, para después llevar los que quedaban a unos diálogos en Cuba que cumplieron su función de orientar una parte de ellos, afortunadamente no a todos,en una dirección reformista y a la capitulación de la lucha revolucionaria.
 
La presentación del Acuerdo de Habana, más correctamente llamado el Acuerdo del Teatro Colón, como “un punto de inflexión histórica” que “conducen a la 
superación del estado de excepcionalidad permanente” y como algo que podría inclinar la balanza en favor de un desarrollo progresivo en la región es, tal como demuestra la presente situación, un completo disparate. 
 
Es obvio que, lejos de tener este efecto, el desarme de gran parte de las FARC-EP debilitan las fuerzas revolucionarias, y la continuación de las bases gringas en Colombia, facilitan una intervención imperialista en Venezuela que ahora podría también contar con el apoyo de las fuerzas militares estatales colombianas, dado que las fuerzas revolucionarias colombianas en armas han disminuido considerablemente como resultado de la capitulación del Teatro Colón y la 
llamada “dejación de armas”.
 
Frente a la entrega de las armas, con un eufemismo llamado “dejación de armas” suficiente es recordar las palabras de Manuel Marulanda: “Nosotros 
haremos un acuerdo en cualquier momento, pero nuestras armas tienen que ser la garantía de que aquí se va a cumplir lo acordado. En el momento en que se desaparezcan las armas el acuerdo se puede derrumbar. Ese es un tema estratégico que no vamos a discutir”. 
 
El desarme es un error irreversible e indefendible, es un crimen de los traidores, que significa la indefensión ante los ataques de las fuerzas armadas y paramilitares del Estado oligárquico. 
 
Frente a los que han cometido la traición entregar las armas y quieren ilusionarnos con “la paz” hay que hacer memoria de lo que nos enseña una larga historia 
y experiencia revolucionaria. 
 
Tanta falta nos hace hoy los dirigentes revolucionarios consecuentes asesinados por todos los gobiernos oligárquicos desde Alberto Lleras hasta Juan Manuel Santos. 
 
Basta recordar la advertencia de uno de los primeros de ellos, Jacobo Prìas Alape, Charro Negro, jefe natural de la guerrilla en la década de los cincuenta y compañero en armas de Manuel Marulanda: “Ahora nos toca esforzarnos más, porque muchos campesinos han caído en las redes de la ilusión de esa paz que les están ofreciendo. Es una ilusión que ha encontrado buenos oídos y ha puesto a latir el corazón de muchos por la emoción. 
 
Pero, queremos hacerles claridad, es nuestro deber, de que lo único seguro en estos tiempos de tormenta, es el fusil, cualquier otra ilusión es meterle templadera al cuerpo del hombre. 
 
Eso nos enseña la vida y esta paz no tendrá mucho tiempo de existencia. 
 
No vamos a entregarnos empujados por esas promesas escritas en papeles, que siguen volando y seguirán volando sobre estas montañas como pájaros engañosos. [...] No olviden la advertencia: la paz dura poco con estos gobiernos.” (Arturo Alape, Las vidas de Pedro Antonio Marín, Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo).
 
Las luchas populares han sido parcialmente paralizadas en algunas zonas rurales por el retiro de la protección que ofrecía la fuerza militar de las FARC-EP contra la embestida paramilitar que ahora se ensaña contra líderes campesinos y las comunidades afrodescendientes e indígenas. 
 
Ha sido un crimen de los traidores de dejar desprotegidos los líderes sociales en las regiones que las FARC-EP abandonaron, y también se están ejecutando
asesinatos de guerrilleros, de milicianos y de familiares de guerrilleros que fueron registrados por el Estado en las tales “Zonas de Normalización”, ahora ETCR. 
 
Estos hechos hacen recordar lo que advertía hace mucho el joven Manuel Marulanda: “No habrá entrega de armas ni de guerrilleros”, decía Marulanda, “pero la dirección política … se mostraba partidaria de pactar un acuerdo con los liberales sin tener en cuenta las incursiones del enemigo de acabar con los comunistas.
 
Por ese desacierto, con el tiempo resultaron muertos unos 500 hombres de la organización dirigida por los comunistas” (Iván Márquez, “Manuel Marulanda Vélez: El Héroe Insurgente de Colombia de Bolívar).
 
Frente a la repetición de las ya desgastadas frases sobre que “nuestra única arma será la palabra”, a sabiendas que quien entonces cuenta con el monopolio de las armas y puede dirimir la contienda política es el Estado, no se puede descuidar la necesidad de la preparación revolucionaria mental y material que va a ser 
absolutamente decisiva en cualquier coyuntura futura insurreccional. 
 
En el programa militar de la revolución proletaria Lenin insiste en este punto: “El armamento de la burguesía contra el proletariado es uno de los hechos más considerables, fundamentales e importantes de la actual sociedad capitalista. 
 
¡Y ante semejante hecho se propone a los socialdemócratas revolucionarios que planteen la ‘reivindicación’ del ‘desarme’! Esto equivale a renunciar por completo al punto de vista de la lucha de clases, renegar toda idea de revolución. 
 
Nuestra consigna debe ser: armar al proletariado para vencer, expropiar y desarmar a la burguesía.
 
Esta es la única táctica posible para una clase revolucionaria, táctica que se desprende de todo el desarrollo objetivo del militarismo capitalista, y que es prescrita por este desarrollo. 
 
Sólo después de haber desarmado la burguesía podrá el proletariado convertir en chatarra toda clase de armas en general, y así lo hará indudablemente el proletariado, pero sólo entonces; de ningún modo antes.”
 
Frente a las palabras de Rodrigo Londoño “Está triunfando la paz, no lo dudamos. Nos sentimos orgullosos de que Colombia siga siendo referente mundial de paz”.
 
Respondemos con Lenin desde el ¿Qué hacer?: “se nos ha acabado, en efecto, toda la "paciencia" para "esperar" los días felices que nos prometen desde hace mucho los "conciliadores" de toda clase”. 
 
La tal “paz” es puro espejismo que les han incubado, a su vez, un sentimiento de mea culpa con golpes de pecho, en que invariablemente 
invocaban el perdón y la reconciliación. Frente a esta retórica anti-marxista de “reconciliación nacional” uno echa de menos un partido leninista que pueda definir alianzas a partir de un análisis de clase. 
 
Hay una división entre una línea leninista y revolucionaria y otra revisionista y reformista.
 
Los que propugnan “la reconciliación” son perniciosos, tanto para los obreros como para los campesinos pobres, y no cumplen su deber de liberar estas capas de la hegemonía liberal.
 
Frente a los que quieren llevarnos a “la charca” de la “conciliación” y del cretinismo parlamentario levantar las palabras de Marx y Lenin, ambos rechazados y 
suprimidos en los estatutos de la FARC por manipulaciones que consiguieron una mayoría espuria en el congreso fundacional de la misma.
 
La troika liberal Londoño, Lozada, Lascarro, lograron así su propósito de convertir la FARC en una organización reformista renegando la teoría y práctica 
revolucionaria. 
 
Frente a esta dirigencia que se dedica a la “pedagogía de paz”, una “paz” aparente, sembrando así ilusiones sobre el carácter del Estado colombiano que en 
realidad a cada paso da muestras de su terrorismo, se hace indispensable reivindicar la práctica revolucionaria leninista. 
 
Tal como dice Lenin en el ¿Qué hacer?: “Nuestro deber consiste en denunciar asimismo toda nota conciliadora, de "armonía", que se deslice en los discursos 
de los liberales en las reuniones obreras públicas, independientemente de que dichas notas sean debidas al sincero convencimiento de que es deseable la colaboración pacífica de las clases, al afán de congraciarse con las autoridades o a simple falta de habilidad.”
 
En la primera parte del ¿Qué hacer? Lenin cuenta una fábula: “Marchamos en grupo compacto, asidos con fuerza de las manos, por un camino abrupto e 
intrincado. 
 
Estamos rodeados de enemigos por todas partes, y tenemos que marchar casi siempre bajo su fuego.
 
Nos hemos unido en virtud de una decisión adoptada con toda libertad, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer, dando un traspiés, en la charca contigua, cuyos moradores nos reprochan desde el primer momento el habernos separado en un grupo independiente y elegido el camino de la lucha y no el de la conciliación"
 
Y de pronto, algunos de los nuestros empiezan a gritar: "¡vamos a esa charca!" Y cuando se les pone en vergüenza, replican: ¡ah, sí, señores, ustedes son 
libres no sólo de invitarnos, sino de ir adonde mejor les plazca, incluso a la charca; ¡hasta creemos que su sitio de verdad se encuentra precisamente en ella, y estamos dispuestos a ayudarles en lo que podamos para que se trasladen ustedes allí!
 
¿Pero, en ese caso, suelten nuestras manos, no se agarren a nosotros, ni envilezcan la gran palabra libertad, porque también nosotros somos "libres" para ir adonde queramos, libres para luchar no sólo contra la charca, sino incluso contra los que se desvían hacia ella!”
 
Julio de 2018Partido Comunista Clandestino Colombiano
 
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia 
-Ejército del Pueblo-
¡Juramos vencer, y venceremos!
 
Fuente: 
¡Romper con los traidores y reconstruir el PCCC!
 
 
 

 

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